Pimpirulo también está aquí

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miércoles, 12 de marzo de 2014

Garbo. Capítulo 2.

Pasaron 6 difíciles años en la vida de Ángel, una cárcel invisible enmarcaba su precoz vida. Había llegado el tiempo de ir a la escuela primaria. Su adaptación fue difícil: No cursó la educación preescolar, carecía de amigos y, peor aún, capacidad para hacerlos. Era un mundo totalmente nuevo, ajeno a sus tardes entre tierra y trozos de madera, juguetes de segunda mano, soledad y un viento que le rozaba el rostro, que era cada vez más amargo.

Empezó a discernir entre el bien y el mal: Estaban los niños abusones, aquellos que tenían la diaria misión de perturbar a los más débiles, a los que no se defendían; los niños que lo tenían todo, con sus sonrisas eternas y sus muchas presunciones de plástico; otros que, como él, estaban en un limbo, no buscaban nada, pero también debían merecerlo todo; finalmente, las niñas. Esa mezcla de largas coletas, manos suaves y blancas calcetas, aquellas que se quejaban de todo y lo veían con cierto desdén mezclado con una pizca de lástima. Todas y todos eran despreciables para Ángel, excepto la niña de los ojos grandes, la única que parecía verlo con temor: Ana Lucía. Solamente ella parecía representar el bien en ese mundo lleno de basura.

Prefería no jugar con los demás niños en el recreo, era muy rara la vez que ellos lo invitaban: su carácter era demasiado volátil y siempre terminaba por querer golpear a uno de ellos. Los recreos de Ángel eran largos paseos solitarios por los alrededores de una escuela rural de pocos salones, baños sucios e ineficientes y árboles en gran cantidad llenando de hojas secas su camino. El hambre era el menor de los males, desayunaba al salir de su casa y se fue acostumbrando a pasar largas horas sin probar alimento, el gasto diario era una falacia para él, optaba por ir con la mente en blanco, caminando sin rumbo, solo, en silencio. 

Pasaron muchos recreos, Ana Lucía, con esos grandes ojos parecían sentir una melancolía anticipada, se sentaba a observar los largos paseos de Ángel. Ella se sabía querida, rodeada de lo necesario, era popular y sonreía siempre que era necesario, sin embargo, había un alfiler delgado taladrando su infantil corazón: ¿Por qué el niño retraído, el que no tenía amigos y que siempre quería estar solo, parecía detenerse un instante cuando pasaba a su lado y agachaba la mirada con tristeza?. Peor aún, ¿Por qué a ella parecía importarle lo que le pasaba a Ángel?. En ambos, había ya una pequeña semilla que tendría que crecer fertilizada por celos, dolor, lágrimas y una obsesión disfrazada de amor incondicional.

No pasaron muchos días cuando Ana Lucía decidió caminar al lado de Ángel y tratar de hablar con él. Cuando uno es niño, las barreras sociales suelen ser de cartón. Caminó despacio, a tal grado que él apenas sintió su presencia. ""Hola, ¿puedo acompañarte?", dijo ella con esa sonrisa infalible salida de su boca, solo opacada por una incipiente muda de dientes, propia de la edad. Ángel se detuvo, era ella, la flor entre la basura, a la que ya nada parecía negarle. Su sonrisa, o el parco intento de una, fue el "Sí" que Ana Lucía esperaba. Lo tomó del brazo y aquellas hojas que siempre oscurecían su camino, en ese momento, se volvieron un suave camino amarillento que parecía tener rumbo a una estación llena de felicidad.

jueves, 13 de febrero de 2014

Garbo. Capítulo 1.

El mundo confabula a veces para hacer vidas desdichadas. Sin embargo, aún en la basura pueden hallarse joyas.

Un día cualquiera de 1985, Ángel llegó a este mundo. Un parto complicado, su madre pasó 3 días en una unidad de IMSS con la fuente ya rota, sin embargo, para los doctores practicantes que estaban de guardia, aún podía esperar. Las camas de esos lugares son más valiosos que un litro de agua en el desierto de Chihuahua.

Nació con complicaciones respiratorias a causa de la prolongada labor de parto, esto degeneraría años después en un asma infantil que ayudó a reforzar sus traumas. Después de unos días, su madre y él partieron a una incipiente casa de madera sobre un piso de concreto gris al que tendría que llamar "hogar" en cuanto tuviera la capacidad del habla.

Ángel fue el primer nieto de su generación, el acaparador de los abrazos, de los mimos y las sonrisas ante cada uno de sus actos durante los únicos dos años que permaneció sin hermano. Después, la llegada de Alejandro eclipsó su lugar como la estrella del hogar. Alejandro nació con una deficiencia a nivel estomacal que hacía que su joven madre se fijara demasiado en él y fuera desplazando al pequeño Ángel, como aquél cachorro selvático que aunque tiene destinado ser el rey de la manada, va careciendo de atenciones para forjar su carácter de líder ante toda prueba.

Su posterior infancia fue un constante ir y venir de situaciones que forzaban y educaban a sus ojos a no llorar aunque el corazón estuviera más roto que un cristal al golpe de un marro. Los juguetes debían esperar, ya que el "menor" debía tener primero estas atenciones. La comida se hacía al gusto y necesidad del problema estomacal del pequeño Alejandro. Ángel contemplaba dichos privilegios mientras las heridas en su alma formaban callos que jamás podría disolver.

Ángel, a su tierna edad, empezaba a sentir la hiel más amarga que podía regalar la vida. No poseía la sonrisa de un niño, adoptó un gesto adusto, serio, como una pared a la cual golpeaban más fuerte cada vez; la rasgaban de a poco, pero aún no la harían caer.

No muy lejos de ahí, una niña vivía una situación radicalmente distinta: Ana Lucía tenía la dicha de ser la menor de 4 hijos, poseía una mirada enmarcada en pestañas grandes, sonrisa tímida y disponía de todos los caprichos que cualquier niña podía tener, dado el cierto desahogo económico de sus padres. Su alma, a diferencia de la de Ángel, se forjaba en un lago transparente como el cristal y calmo como una noche llena de estrellas.

Ángel y Ana Lucía no sabían todavía que algún día, sus vidas estarían marcadas por la desdicha de conocerse.

Un día cualquiera.

Desperté como siempre: Con el sopor de la mañana agobiando intensamente mis ojos, más fuerte que una recuperadora de cartera vencida de Coppel en un domicilio pobre cualquiera. Me levanté despacio, sin muchos ánimos de caminar hacia el sitio en el cual solía bañarme. El sol golpeaba ya mi cara aunque no eran ni siquiera las 8 de la mañana.

Realicé mi rutina de costumbre, un baño simple, mis habituales productos para disimular el olor de mis axilas y cuerpo en general, la ropa sufrió el procedimiento de costumbre: bolsillos no tan sucios y olor tolerable eran los criterios de los pantalones; los pocos que poseía.

Salí sin esas ganas de comerme al mundo de las que tanto habla Mariano Osorio. He llegado a pensar que en el fondo solo han querido venderme productos de Herbalife. Nunca he encontrado el sentido de salir y sonreír a personas a las que les valgo verga. Ese día tuvo demasiados matices no tan usuales en mi caminar: Un tipo a bordo de una Italika de 75 cc con un calzón de manta pésimamente colocado llevaba unas alas de ángel hechas con cartulina brillante; demasiada gente cargando globos con tonos rojos, llenos de corazones y frases en inglés que no acabo de traducir del todo tomando en cuenta mi educación en escuela pública. Cargaban alegría, pero se asomaba una tristeza inmensa en sus ojos; las parejas que chocaban contra mí al pasar llevaban un brillo particular en su mirada, tomándose las manos en señal de unión y viéndose a los ojos como si por ello les estuvieran pagando.

No soportaba ese ambiente: Tal parecía que todos se habían puesto de acuerdo para gritarle al mundo que el amor era una sensación etérea, que flotaba en el aire, que podía inundarnos a todos y cambiar nuestros duros corazones hechos con un concreto más fuerte que el rechazo de una mujer a un metalero lleno de barros en plena pubertad.

Todo eso a mi alrededor, me recordaba a ella: Alejandra. La única mujer que por momentos, había logrado en mí una sonrisa más grande que la Cristian Castro en una tienda de tangas con rebajas. Ella solamente debía verme con esos bellos ojos café claro y sonreír con esos dientes enmarcados en unos labios rosas que parecían una tentación similar a la manzana del edén, para que yo me enfrentara con el dragón más feroz del planeta, para que yo no temiera nada por impedir que alguien siquiera la rozara, habría incluso logrado que yo ignorara cualquier aviso de embargo del SAT.  Sí, solo ella me pudo haber declarado en ese estéril estado que ahora todos querían presumir.

Ella se fue tal como llegó: Un día, mis salidas al cine sin palomitas, mis visitas al parque a donde lo único que podía comprar era un Nestea, se acabaron. "Necesito tiempo", dijeron sus labios al tiempo que cambiaba su relación sentimental en Facebook con un tipo que tenía una purificadora de agua. Nada pude hacer. Lloré, supliqué, mis rodillas estaban peor que las de un peregrino entrando a la Basílica. Eso que llamaban amor, se había hecho mierda.

El tiempo pasó lento y cruel; ni mil caguamas lograron que mi corazón olvidara esa cínica sonrisa. Estaba claro que el amor no existía, no podía existir si yo lloraba cada noche por saber de su paradero, si mis ojos no encontraban suplicio en ninguna mujer que no fuera ella, ella, la que brillaba por si sola.

Tardé reaccioné cuando una voz ronca me dijo de forma brusca a mis espaldas: ¿Vas a subir al microbús o no pendejo?; mi sopor al recordarla hizo que olvidara que estaba haciendo la fila para el microbús que me llevaría cerca del trabajo. Subí aún más desganado. Las imágenes de gente enajenada seguían pasando ante mis ojos en mi diario trayecto, me quedaba claro: Era el mercantilista 14 de febrero. El día que nos hacía mejores personas, que nos recordaba lo mucho que debíamos querer a ciertas personas, la navidad de los moteles.

Sonreí con amargura. Yo no tenía porqué celebrar: lo único de lo que podía jactarme era de ser abandonado como hijo de oaxaqueña dado a luz en vía pública. A pesar de todos los globos, los recordatorios, las miradas enamoradas que luego se ocultaban con recelo, el 14 de febrero, para mí, era un día cualquiera.

martes, 31 de diciembre de 2013

Breve mensaje nada significativo.

Uno, máximo dos, se habrán preguntado el porqué de mi ausencia en Tuiter en español/maya-lacandón y demás idiomas que manejo por ser un hombre cosmopolita y educado, pero de pies rajados.

No hay mucho que buscar, simplemente todos los que nos ocultamos tras un avatar tenemos (como todos) altas, bajas, enanas, chichonas, subidas y bajadas de este tren que llamamos vida. No obstante, a veces, uno debe detenerse en alguna estación y tomar impulso para el resto que nos toca por vivir.

En los últimos meses, una situación mermó mi estado de ánimo, tomé la decisión de aislar un poco mi vida para tomar las riendas de algunas situaciones; en realidad solo me hice pendejo pero suena muy elegante al escribirlo.

Pero nadie se muere de eso, el 7 de enero volveré a escribir esas cosas que le gustan a algunos, avergüenzan a otros y enorgullecen mis orígenes chiapanecos y ancestrales al saber escribir con decoro algunas palabras en español.

Y sí, hoy no haré ninguna historia trágica/mundana/cómica/mágica/musical/editorial de TV Notas, hoy solo escribió Miguel Ángel, el tipo común y corriente que se vuelve loco de contento al ver que a alguno de ustedes puede llegar a gustarle alguna de mis idioteces.

Y es así como el staff, los maquillistas, el muchacho que va por las cocas, las putas, los empleados del Oxxo que valientemente me entregan mis cajetillas de Marlboro, la señora que me fía el arroz con leche, mi mamá y todas las personas que hacen posible esta cuenta, les desean feliz 2014. Lo hago porque, al fin y al cabo, en dos días volveremos a ser los hipócritas malvibrosos de siempre.

Con amor, su seguro servidor, garrote, remedio de sus calores, sueño húmedo de sus mamás e ídolo juvenil de sus novias y hermanas.

Pimpirulo.

lunes, 28 de octubre de 2013

Enredos.

Cada localidad tiene detalles que la hacen única en sus diálogos, costumbres, gastronomía, entre otras. Sabes perfectamente cuando ves a un jotito en la calle que este es nativo de Jalisco, si está colgado de un puente simulando ser una bella piñata humana, es de Nuevo León, si tiene hambre, seguramente es mi paisano.

Los chiapanecos somos seres casi olvidados de Dios ante el resto del país, nada más equivocado; no he escuchado a muchos quejarse, somos felices en la aldea, con nuestras costumbres y nuestra comida (cuando la hay). Precisamente, uno de nuestros modismos más típicos es llamar "Colocho/a" a quien tiene el cabello ondulado, enredado, difícil de peinar, pero agradable ante casi todo el que lo ve.

"La Colocha", como nombraban a Ana en su natal ciudad, era una mujer espigada, de tez morena, sonrisa amplia y clara debilidad sobre todo lo que fuera comestible, con un metabolismo sorprendente; la clásica "¿Y a esta a dónde se le va la comida si está bien flaca y apenas tiene chichis?". Pero la comida no es la felicidad completa (No aplica en la República del Congo, Honduras y El Salvador), existía algo que Ana deseaba un poco más que una hamburguesa con carne angus, doble carga de tocino, aguacate y aros de cebolla: El amor verdadero.

Como sucede con el 90% de la población, Cupido es un burócrata que se tarda un poco en llevarnos a esa persona que posea la capacidad de vernos a los ojos, de amarnos sin condición y no exigir condón. Y cuando no es así, nos lleva cosas que terminan en pensiones alimenticias elevadas y esas dolores que sufren algunos hombres. Ana se despertaba todos los días con la intención de poner la mejor de sus sonrisas, mostrar un poco más de lo debido sin llegar a ser vulgar y sobre todo, ver a través de los ojos del alma, para encontrar a la otra mitad de ese rompecabezas pequeño pero complicado llamado corazón.

Todo cambió una mañana de noviembre, cuando solicitaba los habituales 5 tacos de carnitas con extra buche y una coca cola bien fría en su restaurant de banqueta favorito: Su mano chocó con otra, una mano firme pero joven, que parecía una camino eterno a una sonrisa amplia y unos ojos cafés que la vieron mientras escuchaba: Perdón, no me fijé, ¿Es de la que pica?. La respuesta estaba ante sus ojos, un hombre buscando salsa de la que picaba, ¡Era heterosexual!, este era el momento perfecto de buscar un pretexto para alargar la conversación.

"Sí, esa es de la que pica. Te recomiendo los de cuerito hoy, el taquero vino inspirado", dijo Ana mientras su cerebro le recordaba que era muy pendeja por iniciar una plática con fines de cita o matrimonio con ese pretexto tan infantil. Él sonrió, entendió el golpe de nerviosismo de ella, mientras bajaba la mirada suavemente y hacía lo que los hombres educados y respetuosos hacemos: Verle las piernas para ver si valía la pena pagarle los tacos. Y Ana lo valía. La plática cobró forma y en un acto arriesgado y valiente, Ana lo invitó a salir. Benjamín, su interlocutor aceptó, no sin antes decir: ¿Sería muy atrevido que no fuera en un lugar muy público?, no soy muy dado a salir entre tanta gente. Ella asintió con un pequeño piquete en su músculo cardíaco, ¿Sería esa una invitación a un motel, sería Benjamín como esos tantos hombres que solo la veían como un receptáculo con movimiento y lubricación para extraer su semen?, desgraciadamente, estaba perdida ante los ojos de ese hombre de barba cerrada que no dejaba de sonreír.

Una cosa llevó a la otra: Benjamín sufrió una fuerte diarrea por los tacos callejeros, pero la cita se dio unos cuantos días después. Ella llegó con un vestido negro, corto, elegante, dispuesta a no dejar que pasara nada que la fuera a lastimar, no aún. Él la esperaba, su sonrisa era el mejor saludo, la tomó por el brazo mientras subían a su sedán con un silencio que solo se rompía con frágiles sonrisas. Caminaron, platicaron, todo iba perfecto, Ana se decía a sí misma que el comentario de un lugar "no tan público" solo fue malinterpretado por su larga cadena de fracasos, era el momento de gritarle al mundo que no iba a quedarse soltera por esperar un ideal.

Pero todo cambió: El momento se dio, él le arrebató un beso en una calle oscura, ella respondió con la misma vehemencia con la que un guerrerense se aferra a una despensa después de un huracán, sintiendo un escalofrío en el cuerpo que se detuvo y se convirtió en ira cuando su hasta ahora príncipe azul introdujo su mano sobre sus piernas y sintió su dedo medio queriendo hurgar sobre su ropa interior: ¿Qué te sucede, estúpido? gritó ella mientras su cabello se enredaba con sus manos al tiempo de hacer un brusco movimiento para despegarse de él. Benjamín con soltura le respondió "Pues qué esperabas, ¿Vamos a coger, no?". Una explosión de un coche bomba en Siria hubiera sido una pequeñez comparado con la cisma que sufrió el corazón de Ana en ese momento, los bellos ojos de Benjamín se habían convertido en una mirada penetrante, su sonrisa se volvió macabra, su boca quería repetir una verdad que comenzaba a ser absoluta: El príncipe azul no existe, los hombres son todos iguales.

Descendió del sedán aquél, sus lágrimas comenzaron a desbaratar ese maquillaje que tanto tiempo había costado detallar, su vista iba perdida, se arregló la ropa en cuanto tuvo noción de que iba por la calle, no dejaba de preguntarse lo mismo: ¿Por qué es tan difícil encontrar un hombre que no piense primero en sexo, por qué?. Su vida empezaba a parecerse a su cabello, se volvía enredada, complicada, difícil de manejar.

Ella se resignó a caminar sola el resto de la vida, acompañada del único placer que no le resultaba culposo: Comer. Los enredos de la vida siempre son complicados y crueles. Desgraciadamente, nadie ha inventado un spray para desenredar nuestros sentimientos.

lunes, 21 de octubre de 2013

El amor en tiempos de Tuiter.

Las redes sociales y la modernidad han traído a nuestras vidas una serie de clichés y estereotipos que antes no podríamos imaginar. Uno de ellos dicta que "A mayor contenido de erotismo en el tuit, mayor es la cantidad de grasa albergada en las caderas y estómago de la mujer que lo redacta", este fenómeno de la red es llamado "Sextuitera". No defiendo ni descarto que así sea, ya que como antes mencioné, es un juicio superficial a partir de experiencias particulares, como la que les cuento a continuación.

Fernando era un tuitero como muchos: Aspiraba con firmeza tener miles de seguidores en dicha red social, tener una cuenta PRO en Favstar.Fm y crear tendencias y contenidos que despertaran la admiración de los que lo leyeran. Así también, como el 99% de los que aspiran esto, estaba batallando por llegar a poseer el millar de seguidores.

No todo era malo en su vida; muchas tuiteras a las que seguía llegaban a tener un dejo de coquetería con su personaje, este llegaba a ser mutuo pero no pasaba de ser una somera ilusión en la pantalla, mensajes que llegaban al punto de amenazar con un encuentro, un ligero desliz incluso, una experiencia de vida que pudiera hacerlo sonreír y presumir ante sus amigos, cazadores llenos de testosterona que premiaban socialmente la cantidad de presas femeninas que cada uno pudiera llevar a la cama.

Cierto día, una de ellas mostró algo más que disposición a un encuentro, con el claro objeto de llevar a cabo más que una cita normal de cine o café, la insinuación rayaba en algo íntimo. El ciclo normal de conquista en la redes sociales (Según expertos sociólogos alemanes, investigadores de la Universidad de Columbia y el último libro de Yordi Rosado) tiene diversas fases: Recomendación-Follow-Followback-Favorito-Retuit-Mención-DM-WhatsApp-Llamada telefónica-Encuentro-Decepción Primaria-Unfollow y Block. Esto se cumple en el 95% de los casos. El fenómeno de "Decepción Primaria" se basa en "El disgusto o desencanto de una o ambas partes en el momento de conocerse dadas las vagas descripciones y la falsedad en las características de cada uno"; es decir, el 1.80 centímetros de estatura comúnmente no se acompaña de los 120 kilogramos de peso, la tez morena varía y suele ser más prieta de lo esperado, la famosa complexión "No soy ni flaco ni gordo, regular" suele ser decepcionante a primera vista.

El ciclo de conquista surtió efecto para Fernando; la cita esperada se dio en una estación cercana al metro de su casa, más de una vez giró la cabeza e intentó un esbozo de sonrisa a guapas mujeres que pasaban a su lado, obteniendo la respuesta común en su persona: Lo ignoraban. Diez minutos después de lo acordado, una mano morena de dedos regordetes tomó su brazo con suavidad y escuchó su nombre tras una sonrisa enmarcada en unas mejillas abultadas, dignas de la envidia de Carlos Villagrán, "Quico", en pleno 1979.

Daniela, la chica a la que iba a ver, estaba lejos de ser ese par de senos firmes y morenos que él podía contemplar en las fotos que ella subía desde su cuenta, no rebasaba el metro con 60 centímetros y su indice de masa corporal tenía una intensa lucha entre los índices de sobrepeso y obesidad. "Hola, que gusto conocerte, eres tal como imaginé", atinó a decir ella mientras el cuerpo de Fernando sufría una escalofrío intenso y en su cabeza rebotaba una frase que le hacía perder la noción de la realidad: "Hija de su puta madre, está bien marrana la culera". Tomó aire por un momento, detrás de ese cuerpo moreno y delgado, había un mínimo gesto de caballerosidad, "Ni pedos, me la voy a tener que coger, ya tengo todo listo", se dijo mientras le daba un beso en la mejilla y sonreía con tal falsedad que Jorge Kahwagi le hubiera firmado tres peleas de campeonato mundial en peso "Crucero".

"Vamos a ver películas a mi casa, compramos algo y ahí podemos platicar a gusto", dijo Fernando ante la plena complacencia de Daniela, caminaron algunas cuadras hacia el departamento de Fernando. Compró algunas cosas con la plena intención de darle gusto a su reciente conquista: Palomitas con extra mantequilla, Chocolates, una bolsa grande de Sabritones y mucho refresco de Cola. Una cosa llevó a la otra, comúnmente, el alcohol sirve para tener sexo con mujeres atractivas, para el caso de las gordas, los Sabritones son su equivalente y estimulante. Después de media hora de ver una película cualquiera y platicar ligeramente, ella tomó la iniciativa y dio un beso apasionado a Fernando al tiempo de aplastar sus piernas con su robusta anatomía.

El hombre tiene un cuerpo caprichoso: El pene de Fernando se declaraba listo para entrar a la batalla, su nariz, ojos y mente no. "Le huele bien culero la boca, puta madr... ¡No mames!, tiene una pinche franja negra en el cuello, verg... ¿Esa celulitis es normal?, no chingues, no chingues, tiene bien sudada la entrepierna, verga, ya no me la quiero coger" esas frases pasaban en su mente a la velocidad de un metrobús en hora pico, Daniela demostraba con creces el dicho aquél que reza: "Sí quieres que se mueva, haga lo que quieras y se la pase grita y grita, la solución es una gordita". Se movía más que indocumentado queriendo subir a "La Bestia" a plena luz del día, gemía con una naturalidad excesiva, en verdad disfrutaba el roce de su cuerpo con el de su nuevo amigo. De nuevo, el capricho masculino, la eyaculación de Fernando tardó mucho en llegar, resultado del shock y la falta de un estímulo real en su mente, ella lo abrazó con tibieza al terminar el acto, el veía fijamente un hueco en el techo que empezaba a albergar humedad, imperaba el frío entre ambos; ella, como buena traductora de emociones acudió al baño, se vistió con decoro y dijo al bulto aquél que tenía menos vida que burócrata de Hacienda en vacaciones decembrinas: "Nos volveremos a ver, ¿cierto?".

Él sonrió, acertó con la cabeza al tiempo de susurrar "Claro, yo te mando un WhatsApp". Ella procedió a salir, el caballero dentro de Fernando ya no estaba disponible y ni siquiera la acompañó a la puerta, ella salió con la certeza de que nunca volvería a pisar dicho departamento y nuevamente su frágil y desierto corazón sucumbiría ante su ritmo de alimentación. Pasó mucho tiempo para que Fernando reaccionara, esto no era digno de presunción; ¿a quién podría contarle lo que había pasado sin que reaccionara con una sonora carcajada?, a veces hasta un buen cazador tiene que negar las balas que salen de su escopeta.

El amor en tiempos de Tuiter difícilmente puede llegar a ser sincero, y así será mientras sigamos aferrados a que una imagen virtual puede llegar a cubrir nuestra fría realidad.

martes, 6 de agosto de 2013

Mi primera vez.

A diferencia de las mujeres, los hombres tenemos códigos de ética establecidos que afectan nuestra vida cotidiana: Comer más picante que el wey de al lado, definir como "pendejo" a todo aquél que posea o haga más que nosotros y en épocas tempranas de la vida, presumir a tus amiguitos que ya sabes lo que es tener sexo con una mujer. Hoy hablaremos de ese tema en particular.

El código masculino nos indica que una persona de mayor edad, sea amigo o familiar, tiene que "apadrinar" dicho acto, es una persona a la que le debemos la mejor o peor experiencia de nuestras vidas, con el deber moral de llevar con el tiempo a otro hombre menor que nosotros. Un ritual casi prehispánico que nace cuando los guerreros aztecas más jovenes se cogían a las mujeres de las tribus conquistadas mientras los de mayor edad hacían pozole con la cabeza de sus esposos, novios o hermanos.

A mis 14 años, mi mente ya daba claras muestras de querer hacer algo diferente, las revistas viejas de Playboy de mi tío materno dejaban de tener chiste y el vídeo porno en VHS de lesbianas que guardaba en su cajón ya no me provocaba las mismas erecciones del inicio. Algo dentro de mí se revolvía pidiendo un contacto mayor que el de mi mano y la lubricación que obtenía de las cremas Nivea de mi mamá.

Daniel era uno de esos primos que todo adolescente de secundaria desea tener: Con labia para las mujeres, alburero, impulsivo y remataba todas sus lecciones de vida con un "Si no lo haces bien te quiebro la madre, pinche puto". Aprendía cosas de él a diario: Cómo no mojar un cigarrillo sin filtro, que por detrás las mujeres apretaban más, que cualquier diferencia se arreglaba con una quebrada de madre y que, jamás, jamás, la Coca Cola podía ser substituida por mamadas como la Pepsi o la Big Cola.

Sabedor de mi situación, me dijo con la confianza que tienen dos personas que son como hermanos sin serlo: "Es hora de que vayamos con unas putas". La idea me emocionaba, sonreía al pensar en tener contacto con una mujer joven, firme, sonriente, que me guiara por los senderos del sexo que para mi aún eran desconocidos. Tomé dinero de mi mamá, del que guardaba en un bote de avena "3 Minutos", el de emergencia (Esta de verdad era una emergencia), lo suficiente para mi loca aventura y tomar un par de refrescos al final. Partimos a la zona de tolerancia que estaba a 15 minutos de mi casa, mis piernas temblaban más que un edificio japonés en un terremoto, por fin daría el paso que volvería hombre al niño.

La cantidad de mujeres en el prostíbulo era escandalosa, me sentí afortunado, después de media hora me detuve frente a una puerta de color gris y señalé ufano "A ésta me quiero coger". Daniel me observó con una risa maliciosa, caminó hacia el cuarto y platicó un par de minutos con la prostituta, salió y sólo atinó a decir: "Vas". Entré como habitante de colonia popular a recibir un apoyo de gobierno: emocionado y a toda prisa. El ambiente una vez cerrada la puerta empezó a cambiar al que yo había imaginado: Una fría cama con un colchón desvencijado, una televisión de escasas pulgadas con la novela del momento protagonizada por Thalía, condones del sector salud en una mesa de madera que daba más tristeza que cualquier episodio de "Venga la Alegría" y un baño con una cortina vieja con algo de jabón en polvo adornando el sucio lavabo.

Después de mi primera impresión, vi fijamente a la mujer que quedaría grabada en mis recuerdos como la primera en unir su piel a la mía en un acto de índole sexual: Poco más de 25 años, en un Baby Doll blanco que rayaba en lo beige, una pantaleta con los elásticos gastados, pelo rizado, maltratado, vista fría y un aliento que me recordaba a los Motitas de plátano que compraba en mi niñez. "Primerizo, ¿Eh?, bueno, te voy a quitar la maldición, quítate ese short", dijo mientras yo me arrebataba la ropa con poca destreza. Mi imagen preconcebida de potencia sexual juvenil se rompió en un instante: Mis rodillas temblaban, no sentía poder tener una erección, la voz se me entrecortaba y disculpaba mi estado con un tímido: "Es que vengo nervioso". Ella reía sin ningún pudor y eso hacía cada vez mayor mi dificultad para iniciar el acto. Tomó mi pene aún flácido con sus manos poco cuidadas y me puso un condón de empaque gris mientras masajeaba mis testículos al tiempo de que mi cabeza intentaba pensar en algo que calmara mis reflejos nerviosos.

"Súbete, vamos a empezar", dijo con serenidad una vez que tuve una débil respuesta de mi miembro viril. Mi torpeza era evidente: "Baja la cadera, cierra las piernas, empuja, no me dejes caer todo tu peso, cabrón" fueron el preludio de una penetración algo nerviosa pero que en ese mismo momento me supo a gloria, por fin sabía lo que era estar dentro de una mujer. Lo que siguió fue deprimente: Después de unos cuantos segundos, tuve una eyaculación que me dio más coraje que satisfacción, me paré como si fuera culpable de haber hecho algo insano, me limpié como pude y me vestí, tomé un billete de $50 pesos y lo dejé a un costado de la televisión mientras ella retomaba la lectura del "Sensacional de Chafiretes". La luz de la tarde me dio en el rostro al salir, hice lo que cualquier hombre haría en mi caso: "Pinche vieja, coge a toda madre" dije a mi acompañante. A nadie podía engañar con mi fugaz paso dentro del cuarto, Daniel tomó mi hombro y me dijo que estaba bien, toda primera vez es difícil, pero iba ser mejor a la siguiente.

Hoy el sexo forma parte de mi vida, he aprendido que hay mujeres de todo tipo y que a ninguna puedes complacer por igual, que el goce sexual no se basa en ideas propias, sino en un juego en el que vas acostumbrándote a tu rival, sin embargo, ninguna experiencia quitará de mi mente esos pocos minutos en un triste cuarto junto a una mujer de la que desconozco su paradero. A veces, las personas que marcan tus experiencias, son las que menos puedes llegar a conocer.