Pimpirulo también está aquí

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martes, 6 de agosto de 2013

Mi primera vez.

A diferencia de las mujeres, los hombres tenemos códigos de ética establecidos que afectan nuestra vida cotidiana: Comer más picante que el wey de al lado, definir como "pendejo" a todo aquél que posea o haga más que nosotros y en épocas tempranas de la vida, presumir a tus amiguitos que ya sabes lo que es tener sexo con una mujer. Hoy hablaremos de ese tema en particular.

El código masculino nos indica que una persona de mayor edad, sea amigo o familiar, tiene que "apadrinar" dicho acto, es una persona a la que le debemos la mejor o peor experiencia de nuestras vidas, con el deber moral de llevar con el tiempo a otro hombre menor que nosotros. Un ritual casi prehispánico que nace cuando los guerreros aztecas más jovenes se cogían a las mujeres de las tribus conquistadas mientras los de mayor edad hacían pozole con la cabeza de sus esposos, novios o hermanos.

A mis 14 años, mi mente ya daba claras muestras de querer hacer algo diferente, las revistas viejas de Playboy de mi tío materno dejaban de tener chiste y el vídeo porno en VHS de lesbianas que guardaba en su cajón ya no me provocaba las mismas erecciones del inicio. Algo dentro de mí se revolvía pidiendo un contacto mayor que el de mi mano y la lubricación que obtenía de las cremas Nivea de mi mamá.

Daniel era uno de esos primos que todo adolescente de secundaria desea tener: Con labia para las mujeres, alburero, impulsivo y remataba todas sus lecciones de vida con un "Si no lo haces bien te quiebro la madre, pinche puto". Aprendía cosas de él a diario: Cómo no mojar un cigarrillo sin filtro, que por detrás las mujeres apretaban más, que cualquier diferencia se arreglaba con una quebrada de madre y que, jamás, jamás, la Coca Cola podía ser substituida por mamadas como la Pepsi o la Big Cola.

Sabedor de mi situación, me dijo con la confianza que tienen dos personas que son como hermanos sin serlo: "Es hora de que vayamos con unas putas". La idea me emocionaba, sonreía al pensar en tener contacto con una mujer joven, firme, sonriente, que me guiara por los senderos del sexo que para mi aún eran desconocidos. Tomé dinero de mi mamá, del que guardaba en un bote de avena "3 Minutos", el de emergencia (Esta de verdad era una emergencia), lo suficiente para mi loca aventura y tomar un par de refrescos al final. Partimos a la zona de tolerancia que estaba a 15 minutos de mi casa, mis piernas temblaban más que un edificio japonés en un terremoto, por fin daría el paso que volvería hombre al niño.

La cantidad de mujeres en el prostíbulo era escandalosa, me sentí afortunado, después de media hora me detuve frente a una puerta de color gris y señalé ufano "A ésta me quiero coger". Daniel me observó con una risa maliciosa, caminó hacia el cuarto y platicó un par de minutos con la prostituta, salió y sólo atinó a decir: "Vas". Entré como habitante de colonia popular a recibir un apoyo de gobierno: emocionado y a toda prisa. El ambiente una vez cerrada la puerta empezó a cambiar al que yo había imaginado: Una fría cama con un colchón desvencijado, una televisión de escasas pulgadas con la novela del momento protagonizada por Thalía, condones del sector salud en una mesa de madera que daba más tristeza que cualquier episodio de "Venga la Alegría" y un baño con una cortina vieja con algo de jabón en polvo adornando el sucio lavabo.

Después de mi primera impresión, vi fijamente a la mujer que quedaría grabada en mis recuerdos como la primera en unir su piel a la mía en un acto de índole sexual: Poco más de 25 años, en un Baby Doll blanco que rayaba en lo beige, una pantaleta con los elásticos gastados, pelo rizado, maltratado, vista fría y un aliento que me recordaba a los Motitas de plátano que compraba en mi niñez. "Primerizo, ¿Eh?, bueno, te voy a quitar la maldición, quítate ese short", dijo mientras yo me arrebataba la ropa con poca destreza. Mi imagen preconcebida de potencia sexual juvenil se rompió en un instante: Mis rodillas temblaban, no sentía poder tener una erección, la voz se me entrecortaba y disculpaba mi estado con un tímido: "Es que vengo nervioso". Ella reía sin ningún pudor y eso hacía cada vez mayor mi dificultad para iniciar el acto. Tomó mi pene aún flácido con sus manos poco cuidadas y me puso un condón de empaque gris mientras masajeaba mis testículos al tiempo de que mi cabeza intentaba pensar en algo que calmara mis reflejos nerviosos.

"Súbete, vamos a empezar", dijo con serenidad una vez que tuve una débil respuesta de mi miembro viril. Mi torpeza era evidente: "Baja la cadera, cierra las piernas, empuja, no me dejes caer todo tu peso, cabrón" fueron el preludio de una penetración algo nerviosa pero que en ese mismo momento me supo a gloria, por fin sabía lo que era estar dentro de una mujer. Lo que siguió fue deprimente: Después de unos cuantos segundos, tuve una eyaculación que me dio más coraje que satisfacción, me paré como si fuera culpable de haber hecho algo insano, me limpié como pude y me vestí, tomé un billete de $50 pesos y lo dejé a un costado de la televisión mientras ella retomaba la lectura del "Sensacional de Chafiretes". La luz de la tarde me dio en el rostro al salir, hice lo que cualquier hombre haría en mi caso: "Pinche vieja, coge a toda madre" dije a mi acompañante. A nadie podía engañar con mi fugaz paso dentro del cuarto, Daniel tomó mi hombro y me dijo que estaba bien, toda primera vez es difícil, pero iba ser mejor a la siguiente.

Hoy el sexo forma parte de mi vida, he aprendido que hay mujeres de todo tipo y que a ninguna puedes complacer por igual, que el goce sexual no se basa en ideas propias, sino en un juego en el que vas acostumbrándote a tu rival, sin embargo, ninguna experiencia quitará de mi mente esos pocos minutos en un triste cuarto junto a una mujer de la que desconozco su paradero. A veces, las personas que marcan tus experiencias, son las que menos puedes llegar a conocer.