Pimpirulo también está aquí

Pimpirulo también está aquí

martes, 31 de diciembre de 2013

Breve mensaje nada significativo.

Uno, máximo dos, se habrán preguntado el porqué de mi ausencia en Tuiter en español/maya-lacandón y demás idiomas que manejo por ser un hombre cosmopolita y educado, pero de pies rajados.

No hay mucho que buscar, simplemente todos los que nos ocultamos tras un avatar tenemos (como todos) altas, bajas, enanas, chichonas, subidas y bajadas de este tren que llamamos vida. No obstante, a veces, uno debe detenerse en alguna estación y tomar impulso para el resto que nos toca por vivir.

En los últimos meses, una situación mermó mi estado de ánimo, tomé la decisión de aislar un poco mi vida para tomar las riendas de algunas situaciones; en realidad solo me hice pendejo pero suena muy elegante al escribirlo.

Pero nadie se muere de eso, el 7 de enero volveré a escribir esas cosas que le gustan a algunos, avergüenzan a otros y enorgullecen mis orígenes chiapanecos y ancestrales al saber escribir con decoro algunas palabras en español.

Y sí, hoy no haré ninguna historia trágica/mundana/cómica/mágica/musical/editorial de TV Notas, hoy solo escribió Miguel Ángel, el tipo común y corriente que se vuelve loco de contento al ver que a alguno de ustedes puede llegar a gustarle alguna de mis idioteces.

Y es así como el staff, los maquillistas, el muchacho que va por las cocas, las putas, los empleados del Oxxo que valientemente me entregan mis cajetillas de Marlboro, la señora que me fía el arroz con leche, mi mamá y todas las personas que hacen posible esta cuenta, les desean feliz 2014. Lo hago porque, al fin y al cabo, en dos días volveremos a ser los hipócritas malvibrosos de siempre.

Con amor, su seguro servidor, garrote, remedio de sus calores, sueño húmedo de sus mamás e ídolo juvenil de sus novias y hermanas.

Pimpirulo.

lunes, 28 de octubre de 2013

Enredos.

Cada localidad tiene detalles que la hacen única en sus diálogos, costumbres, gastronomía, entre otras. Sabes perfectamente cuando ves a un jotito en la calle que este es nativo de Jalisco, si está colgado de un puente simulando ser una bella piñata humana, es de Nuevo León, si tiene hambre, seguramente es mi paisano.

Los chiapanecos somos seres casi olvidados de Dios ante el resto del país, nada más equivocado; no he escuchado a muchos quejarse, somos felices en la aldea, con nuestras costumbres y nuestra comida (cuando la hay). Precisamente, uno de nuestros modismos más típicos es llamar "Colocho/a" a quien tiene el cabello ondulado, enredado, difícil de peinar, pero agradable ante casi todo el que lo ve.

"La Colocha", como nombraban a Ana en su natal ciudad, era una mujer espigada, de tez morena, sonrisa amplia y clara debilidad sobre todo lo que fuera comestible, con un metabolismo sorprendente; la clásica "¿Y a esta a dónde se le va la comida si está bien flaca y apenas tiene chichis?". Pero la comida no es la felicidad completa (No aplica en la República del Congo, Honduras y El Salvador), existía algo que Ana deseaba un poco más que una hamburguesa con carne angus, doble carga de tocino, aguacate y aros de cebolla: El amor verdadero.

Como sucede con el 90% de la población, Cupido es un burócrata que se tarda un poco en llevarnos a esa persona que posea la capacidad de vernos a los ojos, de amarnos sin condición y no exigir condón. Y cuando no es así, nos lleva cosas que terminan en pensiones alimenticias elevadas y esas dolores que sufren algunos hombres. Ana se despertaba todos los días con la intención de poner la mejor de sus sonrisas, mostrar un poco más de lo debido sin llegar a ser vulgar y sobre todo, ver a través de los ojos del alma, para encontrar a la otra mitad de ese rompecabezas pequeño pero complicado llamado corazón.

Todo cambió una mañana de noviembre, cuando solicitaba los habituales 5 tacos de carnitas con extra buche y una coca cola bien fría en su restaurant de banqueta favorito: Su mano chocó con otra, una mano firme pero joven, que parecía una camino eterno a una sonrisa amplia y unos ojos cafés que la vieron mientras escuchaba: Perdón, no me fijé, ¿Es de la que pica?. La respuesta estaba ante sus ojos, un hombre buscando salsa de la que picaba, ¡Era heterosexual!, este era el momento perfecto de buscar un pretexto para alargar la conversación.

"Sí, esa es de la que pica. Te recomiendo los de cuerito hoy, el taquero vino inspirado", dijo Ana mientras su cerebro le recordaba que era muy pendeja por iniciar una plática con fines de cita o matrimonio con ese pretexto tan infantil. Él sonrió, entendió el golpe de nerviosismo de ella, mientras bajaba la mirada suavemente y hacía lo que los hombres educados y respetuosos hacemos: Verle las piernas para ver si valía la pena pagarle los tacos. Y Ana lo valía. La plática cobró forma y en un acto arriesgado y valiente, Ana lo invitó a salir. Benjamín, su interlocutor aceptó, no sin antes decir: ¿Sería muy atrevido que no fuera en un lugar muy público?, no soy muy dado a salir entre tanta gente. Ella asintió con un pequeño piquete en su músculo cardíaco, ¿Sería esa una invitación a un motel, sería Benjamín como esos tantos hombres que solo la veían como un receptáculo con movimiento y lubricación para extraer su semen?, desgraciadamente, estaba perdida ante los ojos de ese hombre de barba cerrada que no dejaba de sonreír.

Una cosa llevó a la otra: Benjamín sufrió una fuerte diarrea por los tacos callejeros, pero la cita se dio unos cuantos días después. Ella llegó con un vestido negro, corto, elegante, dispuesta a no dejar que pasara nada que la fuera a lastimar, no aún. Él la esperaba, su sonrisa era el mejor saludo, la tomó por el brazo mientras subían a su sedán con un silencio que solo se rompía con frágiles sonrisas. Caminaron, platicaron, todo iba perfecto, Ana se decía a sí misma que el comentario de un lugar "no tan público" solo fue malinterpretado por su larga cadena de fracasos, era el momento de gritarle al mundo que no iba a quedarse soltera por esperar un ideal.

Pero todo cambió: El momento se dio, él le arrebató un beso en una calle oscura, ella respondió con la misma vehemencia con la que un guerrerense se aferra a una despensa después de un huracán, sintiendo un escalofrío en el cuerpo que se detuvo y se convirtió en ira cuando su hasta ahora príncipe azul introdujo su mano sobre sus piernas y sintió su dedo medio queriendo hurgar sobre su ropa interior: ¿Qué te sucede, estúpido? gritó ella mientras su cabello se enredaba con sus manos al tiempo de hacer un brusco movimiento para despegarse de él. Benjamín con soltura le respondió "Pues qué esperabas, ¿Vamos a coger, no?". Una explosión de un coche bomba en Siria hubiera sido una pequeñez comparado con la cisma que sufrió el corazón de Ana en ese momento, los bellos ojos de Benjamín se habían convertido en una mirada penetrante, su sonrisa se volvió macabra, su boca quería repetir una verdad que comenzaba a ser absoluta: El príncipe azul no existe, los hombres son todos iguales.

Descendió del sedán aquél, sus lágrimas comenzaron a desbaratar ese maquillaje que tanto tiempo había costado detallar, su vista iba perdida, se arregló la ropa en cuanto tuvo noción de que iba por la calle, no dejaba de preguntarse lo mismo: ¿Por qué es tan difícil encontrar un hombre que no piense primero en sexo, por qué?. Su vida empezaba a parecerse a su cabello, se volvía enredada, complicada, difícil de manejar.

Ella se resignó a caminar sola el resto de la vida, acompañada del único placer que no le resultaba culposo: Comer. Los enredos de la vida siempre son complicados y crueles. Desgraciadamente, nadie ha inventado un spray para desenredar nuestros sentimientos.

lunes, 21 de octubre de 2013

El amor en tiempos de Tuiter.

Las redes sociales y la modernidad han traído a nuestras vidas una serie de clichés y estereotipos que antes no podríamos imaginar. Uno de ellos dicta que "A mayor contenido de erotismo en el tuit, mayor es la cantidad de grasa albergada en las caderas y estómago de la mujer que lo redacta", este fenómeno de la red es llamado "Sextuitera". No defiendo ni descarto que así sea, ya que como antes mencioné, es un juicio superficial a partir de experiencias particulares, como la que les cuento a continuación.

Fernando era un tuitero como muchos: Aspiraba con firmeza tener miles de seguidores en dicha red social, tener una cuenta PRO en Favstar.Fm y crear tendencias y contenidos que despertaran la admiración de los que lo leyeran. Así también, como el 99% de los que aspiran esto, estaba batallando por llegar a poseer el millar de seguidores.

No todo era malo en su vida; muchas tuiteras a las que seguía llegaban a tener un dejo de coquetería con su personaje, este llegaba a ser mutuo pero no pasaba de ser una somera ilusión en la pantalla, mensajes que llegaban al punto de amenazar con un encuentro, un ligero desliz incluso, una experiencia de vida que pudiera hacerlo sonreír y presumir ante sus amigos, cazadores llenos de testosterona que premiaban socialmente la cantidad de presas femeninas que cada uno pudiera llevar a la cama.

Cierto día, una de ellas mostró algo más que disposición a un encuentro, con el claro objeto de llevar a cabo más que una cita normal de cine o café, la insinuación rayaba en algo íntimo. El ciclo normal de conquista en la redes sociales (Según expertos sociólogos alemanes, investigadores de la Universidad de Columbia y el último libro de Yordi Rosado) tiene diversas fases: Recomendación-Follow-Followback-Favorito-Retuit-Mención-DM-WhatsApp-Llamada telefónica-Encuentro-Decepción Primaria-Unfollow y Block. Esto se cumple en el 95% de los casos. El fenómeno de "Decepción Primaria" se basa en "El disgusto o desencanto de una o ambas partes en el momento de conocerse dadas las vagas descripciones y la falsedad en las características de cada uno"; es decir, el 1.80 centímetros de estatura comúnmente no se acompaña de los 120 kilogramos de peso, la tez morena varía y suele ser más prieta de lo esperado, la famosa complexión "No soy ni flaco ni gordo, regular" suele ser decepcionante a primera vista.

El ciclo de conquista surtió efecto para Fernando; la cita esperada se dio en una estación cercana al metro de su casa, más de una vez giró la cabeza e intentó un esbozo de sonrisa a guapas mujeres que pasaban a su lado, obteniendo la respuesta común en su persona: Lo ignoraban. Diez minutos después de lo acordado, una mano morena de dedos regordetes tomó su brazo con suavidad y escuchó su nombre tras una sonrisa enmarcada en unas mejillas abultadas, dignas de la envidia de Carlos Villagrán, "Quico", en pleno 1979.

Daniela, la chica a la que iba a ver, estaba lejos de ser ese par de senos firmes y morenos que él podía contemplar en las fotos que ella subía desde su cuenta, no rebasaba el metro con 60 centímetros y su indice de masa corporal tenía una intensa lucha entre los índices de sobrepeso y obesidad. "Hola, que gusto conocerte, eres tal como imaginé", atinó a decir ella mientras el cuerpo de Fernando sufría una escalofrío intenso y en su cabeza rebotaba una frase que le hacía perder la noción de la realidad: "Hija de su puta madre, está bien marrana la culera". Tomó aire por un momento, detrás de ese cuerpo moreno y delgado, había un mínimo gesto de caballerosidad, "Ni pedos, me la voy a tener que coger, ya tengo todo listo", se dijo mientras le daba un beso en la mejilla y sonreía con tal falsedad que Jorge Kahwagi le hubiera firmado tres peleas de campeonato mundial en peso "Crucero".

"Vamos a ver películas a mi casa, compramos algo y ahí podemos platicar a gusto", dijo Fernando ante la plena complacencia de Daniela, caminaron algunas cuadras hacia el departamento de Fernando. Compró algunas cosas con la plena intención de darle gusto a su reciente conquista: Palomitas con extra mantequilla, Chocolates, una bolsa grande de Sabritones y mucho refresco de Cola. Una cosa llevó a la otra, comúnmente, el alcohol sirve para tener sexo con mujeres atractivas, para el caso de las gordas, los Sabritones son su equivalente y estimulante. Después de media hora de ver una película cualquiera y platicar ligeramente, ella tomó la iniciativa y dio un beso apasionado a Fernando al tiempo de aplastar sus piernas con su robusta anatomía.

El hombre tiene un cuerpo caprichoso: El pene de Fernando se declaraba listo para entrar a la batalla, su nariz, ojos y mente no. "Le huele bien culero la boca, puta madr... ¡No mames!, tiene una pinche franja negra en el cuello, verg... ¿Esa celulitis es normal?, no chingues, no chingues, tiene bien sudada la entrepierna, verga, ya no me la quiero coger" esas frases pasaban en su mente a la velocidad de un metrobús en hora pico, Daniela demostraba con creces el dicho aquél que reza: "Sí quieres que se mueva, haga lo que quieras y se la pase grita y grita, la solución es una gordita". Se movía más que indocumentado queriendo subir a "La Bestia" a plena luz del día, gemía con una naturalidad excesiva, en verdad disfrutaba el roce de su cuerpo con el de su nuevo amigo. De nuevo, el capricho masculino, la eyaculación de Fernando tardó mucho en llegar, resultado del shock y la falta de un estímulo real en su mente, ella lo abrazó con tibieza al terminar el acto, el veía fijamente un hueco en el techo que empezaba a albergar humedad, imperaba el frío entre ambos; ella, como buena traductora de emociones acudió al baño, se vistió con decoro y dijo al bulto aquél que tenía menos vida que burócrata de Hacienda en vacaciones decembrinas: "Nos volveremos a ver, ¿cierto?".

Él sonrió, acertó con la cabeza al tiempo de susurrar "Claro, yo te mando un WhatsApp". Ella procedió a salir, el caballero dentro de Fernando ya no estaba disponible y ni siquiera la acompañó a la puerta, ella salió con la certeza de que nunca volvería a pisar dicho departamento y nuevamente su frágil y desierto corazón sucumbiría ante su ritmo de alimentación. Pasó mucho tiempo para que Fernando reaccionara, esto no era digno de presunción; ¿a quién podría contarle lo que había pasado sin que reaccionara con una sonora carcajada?, a veces hasta un buen cazador tiene que negar las balas que salen de su escopeta.

El amor en tiempos de Tuiter difícilmente puede llegar a ser sincero, y así será mientras sigamos aferrados a que una imagen virtual puede llegar a cubrir nuestra fría realidad.

martes, 6 de agosto de 2013

Mi primera vez.

A diferencia de las mujeres, los hombres tenemos códigos de ética establecidos que afectan nuestra vida cotidiana: Comer más picante que el wey de al lado, definir como "pendejo" a todo aquél que posea o haga más que nosotros y en épocas tempranas de la vida, presumir a tus amiguitos que ya sabes lo que es tener sexo con una mujer. Hoy hablaremos de ese tema en particular.

El código masculino nos indica que una persona de mayor edad, sea amigo o familiar, tiene que "apadrinar" dicho acto, es una persona a la que le debemos la mejor o peor experiencia de nuestras vidas, con el deber moral de llevar con el tiempo a otro hombre menor que nosotros. Un ritual casi prehispánico que nace cuando los guerreros aztecas más jovenes se cogían a las mujeres de las tribus conquistadas mientras los de mayor edad hacían pozole con la cabeza de sus esposos, novios o hermanos.

A mis 14 años, mi mente ya daba claras muestras de querer hacer algo diferente, las revistas viejas de Playboy de mi tío materno dejaban de tener chiste y el vídeo porno en VHS de lesbianas que guardaba en su cajón ya no me provocaba las mismas erecciones del inicio. Algo dentro de mí se revolvía pidiendo un contacto mayor que el de mi mano y la lubricación que obtenía de las cremas Nivea de mi mamá.

Daniel era uno de esos primos que todo adolescente de secundaria desea tener: Con labia para las mujeres, alburero, impulsivo y remataba todas sus lecciones de vida con un "Si no lo haces bien te quiebro la madre, pinche puto". Aprendía cosas de él a diario: Cómo no mojar un cigarrillo sin filtro, que por detrás las mujeres apretaban más, que cualquier diferencia se arreglaba con una quebrada de madre y que, jamás, jamás, la Coca Cola podía ser substituida por mamadas como la Pepsi o la Big Cola.

Sabedor de mi situación, me dijo con la confianza que tienen dos personas que son como hermanos sin serlo: "Es hora de que vayamos con unas putas". La idea me emocionaba, sonreía al pensar en tener contacto con una mujer joven, firme, sonriente, que me guiara por los senderos del sexo que para mi aún eran desconocidos. Tomé dinero de mi mamá, del que guardaba en un bote de avena "3 Minutos", el de emergencia (Esta de verdad era una emergencia), lo suficiente para mi loca aventura y tomar un par de refrescos al final. Partimos a la zona de tolerancia que estaba a 15 minutos de mi casa, mis piernas temblaban más que un edificio japonés en un terremoto, por fin daría el paso que volvería hombre al niño.

La cantidad de mujeres en el prostíbulo era escandalosa, me sentí afortunado, después de media hora me detuve frente a una puerta de color gris y señalé ufano "A ésta me quiero coger". Daniel me observó con una risa maliciosa, caminó hacia el cuarto y platicó un par de minutos con la prostituta, salió y sólo atinó a decir: "Vas". Entré como habitante de colonia popular a recibir un apoyo de gobierno: emocionado y a toda prisa. El ambiente una vez cerrada la puerta empezó a cambiar al que yo había imaginado: Una fría cama con un colchón desvencijado, una televisión de escasas pulgadas con la novela del momento protagonizada por Thalía, condones del sector salud en una mesa de madera que daba más tristeza que cualquier episodio de "Venga la Alegría" y un baño con una cortina vieja con algo de jabón en polvo adornando el sucio lavabo.

Después de mi primera impresión, vi fijamente a la mujer que quedaría grabada en mis recuerdos como la primera en unir su piel a la mía en un acto de índole sexual: Poco más de 25 años, en un Baby Doll blanco que rayaba en lo beige, una pantaleta con los elásticos gastados, pelo rizado, maltratado, vista fría y un aliento que me recordaba a los Motitas de plátano que compraba en mi niñez. "Primerizo, ¿Eh?, bueno, te voy a quitar la maldición, quítate ese short", dijo mientras yo me arrebataba la ropa con poca destreza. Mi imagen preconcebida de potencia sexual juvenil se rompió en un instante: Mis rodillas temblaban, no sentía poder tener una erección, la voz se me entrecortaba y disculpaba mi estado con un tímido: "Es que vengo nervioso". Ella reía sin ningún pudor y eso hacía cada vez mayor mi dificultad para iniciar el acto. Tomó mi pene aún flácido con sus manos poco cuidadas y me puso un condón de empaque gris mientras masajeaba mis testículos al tiempo de que mi cabeza intentaba pensar en algo que calmara mis reflejos nerviosos.

"Súbete, vamos a empezar", dijo con serenidad una vez que tuve una débil respuesta de mi miembro viril. Mi torpeza era evidente: "Baja la cadera, cierra las piernas, empuja, no me dejes caer todo tu peso, cabrón" fueron el preludio de una penetración algo nerviosa pero que en ese mismo momento me supo a gloria, por fin sabía lo que era estar dentro de una mujer. Lo que siguió fue deprimente: Después de unos cuantos segundos, tuve una eyaculación que me dio más coraje que satisfacción, me paré como si fuera culpable de haber hecho algo insano, me limpié como pude y me vestí, tomé un billete de $50 pesos y lo dejé a un costado de la televisión mientras ella retomaba la lectura del "Sensacional de Chafiretes". La luz de la tarde me dio en el rostro al salir, hice lo que cualquier hombre haría en mi caso: "Pinche vieja, coge a toda madre" dije a mi acompañante. A nadie podía engañar con mi fugaz paso dentro del cuarto, Daniel tomó mi hombro y me dijo que estaba bien, toda primera vez es difícil, pero iba ser mejor a la siguiente.

Hoy el sexo forma parte de mi vida, he aprendido que hay mujeres de todo tipo y que a ninguna puedes complacer por igual, que el goce sexual no se basa en ideas propias, sino en un juego en el que vas acostumbrándote a tu rival, sin embargo, ninguna experiencia quitará de mi mente esos pocos minutos en un triste cuarto junto a una mujer de la que desconozco su paradero. A veces, las personas que marcan tus experiencias, son las que menos puedes llegar a conocer.

lunes, 29 de julio de 2013

De amores imposibles.

Nuestro texto de hoy radica en esas cosas que ponen sal y limón a nuestro vivir: La semana de no quincena, la falta de erección, menstruar el preciso día que por fin vas al mar, que la sopa Nissin no traiga suficientes camarones, entre otras, son cosas que nos crean estados de desesperación momentánea, difíciles, pero, ¿Qué pasa cuando estas complicaciones son de larga duración y nos marcan de por vida?.

Cuando el problema radica en la generación de oxitocina de la base del hipotálamo aunada a una serie de reacciones químicas dentro de nuestro torrente sanguíneo generando sensaciones que algunos llaman "mariposas en el estomago" y cuyas mariposas, no logran obtener el néctar de la flor deseada, comúnmente los llamamos "desamor".

Abraham, un niño que vivía en un pueblo costero donde había más moscos, calor y pandilleros que esperanzas de vida digna, es la estrella de nuestra historia. Sin mucha pena ni gloria, decidió estudiar para Químico Farmacobiólogo, ya que los números no eran lo suyo. ingresó a una escuela pública con la esperanza de un día ser reconocido por algo que no fueran burlas a su persona. El primer día en una institución casi siempre es lo mismo: miradas cruzadas, weyes aparentando lo que no son y mujeres con gesto de no poder estornudar ante el riesgo inminente de que todos se las van a pretender coger en el transcurso de la carrera. El pequeño Abraham tuvo un día diferente, su mirada se iluminó ante un lindo rostro enmarcado por una bella dentadura blanca montada sobre un enorme y bien formado trasero, era su nueva compañera, Paola.

La carrera transcurrió como tal, el pequeño Abraham todos los días intentaba tener un gesto bonito hacia Paola que se diferenciara de los comentarios de los demás hacia ella: "¡CULOTE!, ¡CON ESE JAMÓN SI ME HAGO UN SANDWICH!" entre otros. Los constantes detalles, los chocolates de $2, las paletas de manita y en algunas ocasiones atrevidas, en forma de corazón, fueron haciendo que el corazón de la bella Paola viera a su compañero como su mejor amigo. Un día, esto cambió.

Abraham, desesperado, decidió confiar la sensación que ardía en su pecho a su madre (Resultó ser esofagitis). Una vez que estuvo bien de salud, platicó con su pequeño amigo, Héctor, un niño varios años menor que él, cuya mayor cualidad era tragarse 20 tacos cuando tenía poca hambre, niño de sonora carcajada que solía contestar todo con: "ME VALE VERGA" y que, irónicamente, aconsejaba a su amigo de mayor edad. Héctor, escuchó el relato de su amigo y le dio un consejo que solo aquellos que te estiman en verdad a pesar de las mentadas de madre que te dedican, te darían: "Mira, pídele las nalgas, si no quiere, a la verga, deja de portarte como pendejo."

Abraham se animó, entró a un ciber con $10 pesos en la mano, por si el asunto estaba candente y debía pagar la hora completa, abrió su cuenta de MSN y la vio conectada. Una cosa llevó a la otra y, dada su inexperiencia en el fino arte de decir "cojamos" con palabras elaboradas, Abraham cerró su sesión mientras una lagrima mojaba la tecla "Enter" de aquella computadora de teclas gastadas. Paola, bella como era, estaba enamorada de un patán, cliché muy visto con las viejas que están bien buenas. De nada valían los gestos de Abraham, el jamás tendría el talento deportivo, el cuerpo, ni mucho menos podría dar las cachetadas que el patán le daba a Paola.

Toda historia tiene sus giros: Los años pasaron, Paola se alejó del patán, Abraham siguió enriqueciendo a la empresa productora de paletas de manita y un día cualquiera, sin pensarlo, Abraham se vio en la cama con su gran amor de tantos años. El asunto duro 3 minutos incluyendo los juegos previos, tantos años de deseo se reflejaron en una eyaculación precoz, ambos agacharon la cabeza, él, con pena por lo sucedido, ella, pensando en el nuevo catálogo de Price Shoes, donde había visto unas zapatillas divinas.

Hoy siguen siendo amigos, el cuida todas aquellas miradas que puedan dirigirse al trasero de Paola, ella, lo busca cuando los patanes de su vida terminan por agobiarla y necesita un hombro para llorar. La vida nos dicta un orden, y a veces el amor que nosotros deseamos con tanta intensidad, tiene que ser imposible, no por voluntad divina, simplemente es mejor soñar con un ideal, a vivir atormentándose con una cruel realidad.

Para mis amigos del Team FriendZoneados.

lunes, 20 de mayo de 2013

Crónica de un fan.

Diciembre huele a fiesta, y si vives en Chiapas, sabes que es el mes de la Feria Chiapas en Tuxtla Gutiérrez, evento en el cual puedes ir a empolvarte los zapatos, tomar como decepcionado y cenar tacos de perro a precios por arriba de lo normal. No suelo acudir normalmente, pero eso cambió en el 2003, hace ya casi 10 años.

Me dirigía a la capital del estado, era inevitable no ver aquel espectacular de fondo negro que anunciaba la feria, los artistas del Palenque y los que vendrían a los masivos en los que era normal agarrar nalgas y apretujar viejas buenotas, todo era normal hasta que vi el artista que engalanaría el masivo el día 3 de diciembre: Bobby, Bobby Pulido, el mismo que era el dueño de mis portadas de todos aquellos discos que tenía justo al lado de la cama donde dormía con mis otros 7 hermanos y los cuales besaba cada noche antes de dormir. El shock fue súbito, inexorable, unas palabras golpearon mi mente con la misma fuerza con la que mi papá madreaba a mi mamá cada sábado: TENGO QUE ESTAR EN PRIMERA FILA.

Los días siguientes fueron desesperantes, la Vivi, mi novia de la cuadra me reprochaba mi indiferencia, solía decirme que parecía que estaba en la luna, ilusa, tan solo me sentía emocionado de saber que uniría mi voz a la de Bobby cuando este empezara a cantar... "Ya no pienso solo más que en ti, en todas las cosas, estás tú..."

El día llegó, a mi papá le adelantaron el aguinaldo y pude adquirir en Milano una camisa (con una tela no tan suave, no tan fina) que asemejaba a una que Bobby traía en el interior de su último disco, "Móntame", sabía que él percibiría ese detalle, unos pantalones vaqueros que conseguí en el puesto que doña Chelito (amiga de mi mamá) tenía en el mercado, en dos abonos, y unas botas que ya lustradas, daban el gatazo. Me dispuse a tomar el autobús que llevaba a la Feria, ¡Quería ser el primero en llegar!

Llegué y unas gatas se habían apoderado de los primeros lugares, "Pendejas, solo quieren verlo y no se saben todas sus canciones" me consolé a mi mismo. Tomé el mejor lugar posible y tuve que chutarme al grupo que abría el concierto. Mis nervios eran notorios, tenía ganas de orinar y las botas me habían sacado unas ampollas que parecían los ojos de Rihanna después de las madrizas de Chris Brown. Sí, el tiempo suele ser eterno cuando tu alma anhela algo.

El momento anhelado llegó, él, con unos jeans azules, una camisa roja y un sombrero que iluminaba su sonrisa, salió al escenario, el volumen de mis gritos sólo fue notorio cuando el wey de al lado me dijo "ya wey, no mames, pídele un poco de su semen para que te insemines", lo ignoré, no era momento para pequeñeces; el tan ansiado concierto, inició. Estuve coreando todas y cada una de sus canciones, sin errar, la multitud fue desplazándome cada vez más lejos de su figura y esos ojos que apenas lograba percibir. Al final, Bobby nunca pudo verme, se despidió cantando "El cazador", la rola que tanto me gustaba porque se la dediqué a mi ex, la Anahí, que estudiaba en el Conalep, eso logró aliviar un poco el dolor de mi corazón.

"¿Por qué tuvo que venir tanta gente que ni siquiera valora su música, por qué Bobby no vio todos mis esfuerzos y se tomó una foto a mi lado?" Me repetía en silencio mientras daba sorbos a mi cerveza en vaso de unicel al finalizar el concierto. Al final, sé que los ídolos se alimentan del deseo de sus fans, pero nosotros, los fans, sólo vivimos de la ilusión de un momento a la lejanía. La vida es así.

lunes, 6 de mayo de 2013

Desamor cotidiano.

Las historias de amor y desamor son particulares, todas tienen un "No sé qué" en la versión de cada una, y las propias siempre serán las mejores, hoy comparto la que considero así.

Todo comienza en un día cualquiera de mi juventud, con los dilemas típicos de la mañana: "Tu padre sigue de pedote y solo hay tortillas doradas con fríjoles, tragas y lárgate a estudiar para que no termines cómo él", fue el impulso mañanero de mi madre para ser una mejor persona. Tomé lo de mis pasajes del bote de yogur vacío justo a un costado del altar de mi madre y salí de mi casa de Infonavit dispuesto a comerme el mundo, siempre y cuando la puta combi no pasara tan llena.

Las mismas caras reflejando pobreza, melancolía e inquietud de diario, busqué un lugar junto a una ventanilla abierta para disminuir la aspiración de vapores de axila sudados del día anterior. justo en ese momento, mis ojos lagañosos se toparon con unos ojos radiantes, color café claro, una sonrisa que dejaba ver que en su casa si alcanzaba para algo más que pasta Colgate clásica, la rojita que a veces no limpia tan bien los residuos de las galletas de animalitos, una cinta en la cabellera castaña y una mochila un tanto sucia, pero que poseía mucha dignidad a pesar de esos logos de "Hello Kitty".

"Blanca Margarita" atinó a decir después del clásico "¿Cómo te llamas?". Mi pésima suerte en el amor no había abordado ese día la ruta 51 que me llevaría a la universidad. Siendo el chaval atrevido y juvenil, me atreví a decirle si usaba "Waps" (como llamamos en el argot bajo al WhatsApp), me dio su número y acordamos escribirnos pronto. Fue un día de sacrificios: O me comía mis roles de canela glaseados y mi Coca de lata o le ponía una recarga de 20 a mi celular para utilizar la mensajería. Cabe decir que el hambre no existe cuando uno busca el amor que no ha llegado a su vida, justo como Adela Noriega en cualquiera de sus telenovelas.

Salimos después de dos o tres días de preguntas mutuas, iconos de sonrisas y besitos y uno que otro meme ridículo. Sentía que su alma empataba con la mía, que por fin alguien entendía mis razones de vivir y buscaría salir adelante hombro a hombro de esa dura infancia que nos tocó vivir. Así pasaron unos meses, los "Te amo", "Nunca había querido a nadie como a ti en estos 20 años de mi vida" eran comunes en nuestras muchas salidas al parque o a los bailes de la colonia con grupos populares. Finalmente, mis sonrisas sucias eran de felicidad.

Alguien alguna vez dijo que la felicidad no existe sin una cuota de lágrimas, pero ese no era mi caso, hasta ese momento. Un sábado por la tarde no saldríamos, ya que ella tenía que estar en un Bodega Aurrerá presentando la nueva línea de cremas para mujeres de cierta marca, lo cual me llevó a aprovechar la tarde con mis amigos, a lo que el "Negro" (Mi eterno amigo en lo que a cuestiones de vicio se trataba) me dijo emocionado: "¡Wey, abrieron una nueva casa de citas acá cerca, dicen que la cogida con mamey está a 300 varos!", nunca un hombre enamorado y consciente de la mujer que posee la traicionaría, pero ir de putas con los amigos es el equivalente a irse de compras en las mujeres, y eso no es malo. Juntamos el dinero y fuimos con la emoción que te brindan las caricias ajenas con un gesto de "¿Ya acabaste? te estás pasando de los 15 minutos".

Poco faltó para que el mundo se cayera a pedazos, usando prendas cortitas que no le había visto y bajo el nombre de "Tiffanny", era una de las más buscadas del lugar. No sabía que era peor: Que fuera puta o que yo haya "respetado" su intimidad y ni siquiera le hubiera agarrado las tetas en todo nuestro noviazgo. Todo se acabó en ese momento, no volví a tolerar su presencia, mis planes de vida se habían destrozado, ¿Si ella no era lo que decía ser, entonces quién? Me miraba en el espejo y me sentía estúpido, ilógico, y luego me preguntaba a quién iban a engañar ahora sus brazos, a quién van a mentirle ahora sus labios, a quién si no era yo. (Estaba escuchando Exa FM y como que se me pegó tantito la letra de una canción)

Nunca volví a amar, la vida ya me enseñó que el mejor amor que existe, es el pagado, excepto el de mi sacrosanta madre, que sigue a diario diciéndome que cada día que pasa me parezco más al inútil de mi padre.

martes, 9 de abril de 2013

Lo que no me trajo el 2013.

Aún cuando abril ya daba sus notas de calor, vacaciones e incremento en la venta de mis paletas de hielo, algo en el fondo de mi se revolvía como batidora de puesto de jugos y licuados. Una sensación que era una mezcla de impaciencia, molestia y decepción, casi la misma que sentí cuando me enteré de la separación del grupo Mercurio, era imposible no sentirse en la gloria escuchando cantar a Héctor, con esa voz cálida y sutil.

Detuve mis actividades cotidianas, busqué cobijo en aquél árbol que contemplaba tristemente los tres colores del semáforo a diario, mudo, impávido, estoico. ¿Por qué me invadía esta sensación?, ¿Por qué nada me llenaba, nada era como lo pensaba?. La respuesta vino a mi mente tan fuerte como un gancho de derecha de Jorge Kahwagi en cualquiera de sus peleas arregladas: Mis propósitos para el 2013, esos que me acompañaron con ilusión y fervor en la noche de aquella cena navideña con pollo rostizado y refrescos de varios sabores marca Jarritos el 31 de diciembre, habían quedado abandonados en un rincón triste de mi existencia.

¿Por qué? ¿Qué lleva a un hombre a dejar atrás sus ideales, sus ganas de bajar de peso, de dejar de fumar, de ya no aceptar que el maestro de la otra cuadra (que tenía buen sueldo) te la mamara por $200? Era simple: Carecía de fuerza, y no la de mis brazos, ganada con el tiempo cargando rejas de tomate en la central de abastos, no; me hacía falta fuerza en la mente, por lo tanto, fortalecer mi voluntad a toda costa era necesario. Tomé las medidas necesarias: Fotocopié tres libros completos de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Paulo Coelho y Jordy Rosado junto a Gaby Vargas. Me restaban 8 meses de este bello 2013, todo era posible.

Leí los tres libros a un ritmo vertiginoso, pero sigo igual, ahora en mi entender, noto que esa valiosa literatura vale para dos cosas: para nada y para pura verga. Nunca encontré la forma de ligarme a la Lupe (Que se puso bien sabrosa, hija de su puta madre), jamás leí una forma de hacerme millonario con mis habilidades naturales, no venía ningún remedio casero efectivo para los hongos en las uñas y tampoco cómo convencer a mi papá de que no acabarse la lana de la semana en caguamas y putas gordas de la cantina del otro barrio. Al final, solo puedo decir una cosa: La solución a todos nuestros problemas, las inquietudes que a diario encontramos en nuestro caminar y las frustraciones, radican en ver los bellos ojos de Sebastián Rulli a las 9:30 por el Canal de las Estrellas.