Pimpirulo también está aquí

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jueves, 13 de febrero de 2014

Un día cualquiera.

Desperté como siempre: Con el sopor de la mañana agobiando intensamente mis ojos, más fuerte que una recuperadora de cartera vencida de Coppel en un domicilio pobre cualquiera. Me levanté despacio, sin muchos ánimos de caminar hacia el sitio en el cual solía bañarme. El sol golpeaba ya mi cara aunque no eran ni siquiera las 8 de la mañana.

Realicé mi rutina de costumbre, un baño simple, mis habituales productos para disimular el olor de mis axilas y cuerpo en general, la ropa sufrió el procedimiento de costumbre: bolsillos no tan sucios y olor tolerable eran los criterios de los pantalones; los pocos que poseía.

Salí sin esas ganas de comerme al mundo de las que tanto habla Mariano Osorio. He llegado a pensar que en el fondo solo han querido venderme productos de Herbalife. Nunca he encontrado el sentido de salir y sonreír a personas a las que les valgo verga. Ese día tuvo demasiados matices no tan usuales en mi caminar: Un tipo a bordo de una Italika de 75 cc con un calzón de manta pésimamente colocado llevaba unas alas de ángel hechas con cartulina brillante; demasiada gente cargando globos con tonos rojos, llenos de corazones y frases en inglés que no acabo de traducir del todo tomando en cuenta mi educación en escuela pública. Cargaban alegría, pero se asomaba una tristeza inmensa en sus ojos; las parejas que chocaban contra mí al pasar llevaban un brillo particular en su mirada, tomándose las manos en señal de unión y viéndose a los ojos como si por ello les estuvieran pagando.

No soportaba ese ambiente: Tal parecía que todos se habían puesto de acuerdo para gritarle al mundo que el amor era una sensación etérea, que flotaba en el aire, que podía inundarnos a todos y cambiar nuestros duros corazones hechos con un concreto más fuerte que el rechazo de una mujer a un metalero lleno de barros en plena pubertad.

Todo eso a mi alrededor, me recordaba a ella: Alejandra. La única mujer que por momentos, había logrado en mí una sonrisa más grande que la Cristian Castro en una tienda de tangas con rebajas. Ella solamente debía verme con esos bellos ojos café claro y sonreír con esos dientes enmarcados en unos labios rosas que parecían una tentación similar a la manzana del edén, para que yo me enfrentara con el dragón más feroz del planeta, para que yo no temiera nada por impedir que alguien siquiera la rozara, habría incluso logrado que yo ignorara cualquier aviso de embargo del SAT.  Sí, solo ella me pudo haber declarado en ese estéril estado que ahora todos querían presumir.

Ella se fue tal como llegó: Un día, mis salidas al cine sin palomitas, mis visitas al parque a donde lo único que podía comprar era un Nestea, se acabaron. "Necesito tiempo", dijeron sus labios al tiempo que cambiaba su relación sentimental en Facebook con un tipo que tenía una purificadora de agua. Nada pude hacer. Lloré, supliqué, mis rodillas estaban peor que las de un peregrino entrando a la Basílica. Eso que llamaban amor, se había hecho mierda.

El tiempo pasó lento y cruel; ni mil caguamas lograron que mi corazón olvidara esa cínica sonrisa. Estaba claro que el amor no existía, no podía existir si yo lloraba cada noche por saber de su paradero, si mis ojos no encontraban suplicio en ninguna mujer que no fuera ella, ella, la que brillaba por si sola.

Tardé reaccioné cuando una voz ronca me dijo de forma brusca a mis espaldas: ¿Vas a subir al microbús o no pendejo?; mi sopor al recordarla hizo que olvidara que estaba haciendo la fila para el microbús que me llevaría cerca del trabajo. Subí aún más desganado. Las imágenes de gente enajenada seguían pasando ante mis ojos en mi diario trayecto, me quedaba claro: Era el mercantilista 14 de febrero. El día que nos hacía mejores personas, que nos recordaba lo mucho que debíamos querer a ciertas personas, la navidad de los moteles.

Sonreí con amargura. Yo no tenía porqué celebrar: lo único de lo que podía jactarme era de ser abandonado como hijo de oaxaqueña dado a luz en vía pública. A pesar de todos los globos, los recordatorios, las miradas enamoradas que luego se ocultaban con recelo, el 14 de febrero, para mí, era un día cualquiera.

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