Cada localidad tiene detalles que la hacen única en sus diálogos, costumbres, gastronomía, entre otras. Sabes perfectamente cuando ves a un jotito en la calle que este es nativo de Jalisco, si está colgado de un puente simulando ser una bella piñata humana, es de Nuevo León, si tiene hambre, seguramente es mi paisano.
Los chiapanecos somos seres casi olvidados de Dios ante el resto del país, nada más equivocado; no he escuchado a muchos quejarse, somos felices en la aldea, con nuestras costumbres y nuestra comida (cuando la hay). Precisamente, uno de nuestros modismos más típicos es llamar "Colocho/a" a quien tiene el cabello ondulado, enredado, difícil de peinar, pero agradable ante casi todo el que lo ve.
"La Colocha", como nombraban a Ana en su natal ciudad, era una mujer espigada, de tez morena, sonrisa amplia y clara debilidad sobre todo lo que fuera comestible, con un metabolismo sorprendente; la clásica "¿Y a esta a dónde se le va la comida si está bien flaca y apenas tiene chichis?". Pero la comida no es la felicidad completa (No aplica en la República del Congo, Honduras y El Salvador), existía algo que Ana deseaba un poco más que una hamburguesa con carne angus, doble carga de tocino, aguacate y aros de cebolla: El amor verdadero.
Como sucede con el 90% de la población, Cupido es un burócrata que se tarda un poco en llevarnos a esa persona que posea la capacidad de vernos a los ojos, de amarnos sin condición y no exigir condón. Y cuando no es así, nos lleva cosas que terminan en pensiones alimenticias elevadas y esas dolores que sufren algunos hombres. Ana se despertaba todos los días con la intención de poner la mejor de sus sonrisas, mostrar un poco más de lo debido sin llegar a ser vulgar y sobre todo, ver a través de los ojos del alma, para encontrar a la otra mitad de ese rompecabezas pequeño pero complicado llamado corazón.
Todo cambió una mañana de noviembre, cuando solicitaba los habituales 5 tacos de carnitas con extra buche y una coca cola bien fría en su restaurant de banqueta favorito: Su mano chocó con otra, una mano firme pero joven, que parecía una camino eterno a una sonrisa amplia y unos ojos cafés que la vieron mientras escuchaba: Perdón, no me fijé, ¿Es de la que pica?. La respuesta estaba ante sus ojos, un hombre buscando salsa de la que picaba, ¡Era heterosexual!, este era el momento perfecto de buscar un pretexto para alargar la conversación.
"Sí, esa es de la que pica. Te recomiendo los de cuerito hoy, el taquero vino inspirado", dijo Ana mientras su cerebro le recordaba que era muy pendeja por iniciar una plática con fines de cita o matrimonio con ese pretexto tan infantil. Él sonrió, entendió el golpe de nerviosismo de ella, mientras bajaba la mirada suavemente y hacía lo que los hombres educados y respetuosos hacemos: Verle las piernas para ver si valía la pena pagarle los tacos. Y Ana lo valía. La plática cobró forma y en un acto arriesgado y valiente, Ana lo invitó a salir. Benjamín, su interlocutor aceptó, no sin antes decir: ¿Sería muy atrevido que no fuera en un lugar muy público?, no soy muy dado a salir entre tanta gente. Ella asintió con un pequeño piquete en su músculo cardíaco, ¿Sería esa una invitación a un motel, sería Benjamín como esos tantos hombres que solo la veían como un receptáculo con movimiento y lubricación para extraer su semen?, desgraciadamente, estaba perdida ante los ojos de ese hombre de barba cerrada que no dejaba de sonreír.
Una cosa llevó a la otra: Benjamín sufrió una fuerte diarrea por los tacos callejeros, pero la cita se dio unos cuantos días después. Ella llegó con un vestido negro, corto, elegante, dispuesta a no dejar que pasara nada que la fuera a lastimar, no aún. Él la esperaba, su sonrisa era el mejor saludo, la tomó por el brazo mientras subían a su sedán con un silencio que solo se rompía con frágiles sonrisas. Caminaron, platicaron, todo iba perfecto, Ana se decía a sí misma que el comentario de un lugar "no tan público" solo fue malinterpretado por su larga cadena de fracasos, era el momento de gritarle al mundo que no iba a quedarse soltera por esperar un ideal.
Pero todo cambió: El momento se dio, él le arrebató un beso en una calle oscura, ella respondió con la misma vehemencia con la que un guerrerense se aferra a una despensa después de un huracán, sintiendo un escalofrío en el cuerpo que se detuvo y se convirtió en ira cuando su hasta ahora príncipe azul introdujo su mano sobre sus piernas y sintió su dedo medio queriendo hurgar sobre su ropa interior: ¿Qué te sucede, estúpido? gritó ella mientras su cabello se enredaba con sus manos al tiempo de hacer un brusco movimiento para despegarse de él. Benjamín con soltura le respondió "Pues qué esperabas, ¿Vamos a coger, no?". Una explosión de un coche bomba en Siria hubiera sido una pequeñez comparado con la cisma que sufrió el corazón de Ana en ese momento, los bellos ojos de Benjamín se habían convertido en una mirada penetrante, su sonrisa se volvió macabra, su boca quería repetir una verdad que comenzaba a ser absoluta: El príncipe azul no existe, los hombres son todos iguales.
Descendió del sedán aquél, sus lágrimas comenzaron a desbaratar ese maquillaje que tanto tiempo había costado detallar, su vista iba perdida, se arregló la ropa en cuanto tuvo noción de que iba por la calle, no dejaba de preguntarse lo mismo: ¿Por qué es tan difícil encontrar un hombre que no piense primero en sexo, por qué?. Su vida empezaba a parecerse a su cabello, se volvía enredada, complicada, difícil de manejar.
Ella se resignó a caminar sola el resto de la vida, acompañada del único placer que no le resultaba culposo: Comer. Los enredos de la vida siempre son complicados y crueles. Desgraciadamente, nadie ha inventado un spray para desenredar nuestros sentimientos.