Pimpirulo también está aquí

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lunes, 28 de octubre de 2013

Enredos.

Cada localidad tiene detalles que la hacen única en sus diálogos, costumbres, gastronomía, entre otras. Sabes perfectamente cuando ves a un jotito en la calle que este es nativo de Jalisco, si está colgado de un puente simulando ser una bella piñata humana, es de Nuevo León, si tiene hambre, seguramente es mi paisano.

Los chiapanecos somos seres casi olvidados de Dios ante el resto del país, nada más equivocado; no he escuchado a muchos quejarse, somos felices en la aldea, con nuestras costumbres y nuestra comida (cuando la hay). Precisamente, uno de nuestros modismos más típicos es llamar "Colocho/a" a quien tiene el cabello ondulado, enredado, difícil de peinar, pero agradable ante casi todo el que lo ve.

"La Colocha", como nombraban a Ana en su natal ciudad, era una mujer espigada, de tez morena, sonrisa amplia y clara debilidad sobre todo lo que fuera comestible, con un metabolismo sorprendente; la clásica "¿Y a esta a dónde se le va la comida si está bien flaca y apenas tiene chichis?". Pero la comida no es la felicidad completa (No aplica en la República del Congo, Honduras y El Salvador), existía algo que Ana deseaba un poco más que una hamburguesa con carne angus, doble carga de tocino, aguacate y aros de cebolla: El amor verdadero.

Como sucede con el 90% de la población, Cupido es un burócrata que se tarda un poco en llevarnos a esa persona que posea la capacidad de vernos a los ojos, de amarnos sin condición y no exigir condón. Y cuando no es así, nos lleva cosas que terminan en pensiones alimenticias elevadas y esas dolores que sufren algunos hombres. Ana se despertaba todos los días con la intención de poner la mejor de sus sonrisas, mostrar un poco más de lo debido sin llegar a ser vulgar y sobre todo, ver a través de los ojos del alma, para encontrar a la otra mitad de ese rompecabezas pequeño pero complicado llamado corazón.

Todo cambió una mañana de noviembre, cuando solicitaba los habituales 5 tacos de carnitas con extra buche y una coca cola bien fría en su restaurant de banqueta favorito: Su mano chocó con otra, una mano firme pero joven, que parecía una camino eterno a una sonrisa amplia y unos ojos cafés que la vieron mientras escuchaba: Perdón, no me fijé, ¿Es de la que pica?. La respuesta estaba ante sus ojos, un hombre buscando salsa de la que picaba, ¡Era heterosexual!, este era el momento perfecto de buscar un pretexto para alargar la conversación.

"Sí, esa es de la que pica. Te recomiendo los de cuerito hoy, el taquero vino inspirado", dijo Ana mientras su cerebro le recordaba que era muy pendeja por iniciar una plática con fines de cita o matrimonio con ese pretexto tan infantil. Él sonrió, entendió el golpe de nerviosismo de ella, mientras bajaba la mirada suavemente y hacía lo que los hombres educados y respetuosos hacemos: Verle las piernas para ver si valía la pena pagarle los tacos. Y Ana lo valía. La plática cobró forma y en un acto arriesgado y valiente, Ana lo invitó a salir. Benjamín, su interlocutor aceptó, no sin antes decir: ¿Sería muy atrevido que no fuera en un lugar muy público?, no soy muy dado a salir entre tanta gente. Ella asintió con un pequeño piquete en su músculo cardíaco, ¿Sería esa una invitación a un motel, sería Benjamín como esos tantos hombres que solo la veían como un receptáculo con movimiento y lubricación para extraer su semen?, desgraciadamente, estaba perdida ante los ojos de ese hombre de barba cerrada que no dejaba de sonreír.

Una cosa llevó a la otra: Benjamín sufrió una fuerte diarrea por los tacos callejeros, pero la cita se dio unos cuantos días después. Ella llegó con un vestido negro, corto, elegante, dispuesta a no dejar que pasara nada que la fuera a lastimar, no aún. Él la esperaba, su sonrisa era el mejor saludo, la tomó por el brazo mientras subían a su sedán con un silencio que solo se rompía con frágiles sonrisas. Caminaron, platicaron, todo iba perfecto, Ana se decía a sí misma que el comentario de un lugar "no tan público" solo fue malinterpretado por su larga cadena de fracasos, era el momento de gritarle al mundo que no iba a quedarse soltera por esperar un ideal.

Pero todo cambió: El momento se dio, él le arrebató un beso en una calle oscura, ella respondió con la misma vehemencia con la que un guerrerense se aferra a una despensa después de un huracán, sintiendo un escalofrío en el cuerpo que se detuvo y se convirtió en ira cuando su hasta ahora príncipe azul introdujo su mano sobre sus piernas y sintió su dedo medio queriendo hurgar sobre su ropa interior: ¿Qué te sucede, estúpido? gritó ella mientras su cabello se enredaba con sus manos al tiempo de hacer un brusco movimiento para despegarse de él. Benjamín con soltura le respondió "Pues qué esperabas, ¿Vamos a coger, no?". Una explosión de un coche bomba en Siria hubiera sido una pequeñez comparado con la cisma que sufrió el corazón de Ana en ese momento, los bellos ojos de Benjamín se habían convertido en una mirada penetrante, su sonrisa se volvió macabra, su boca quería repetir una verdad que comenzaba a ser absoluta: El príncipe azul no existe, los hombres son todos iguales.

Descendió del sedán aquél, sus lágrimas comenzaron a desbaratar ese maquillaje que tanto tiempo había costado detallar, su vista iba perdida, se arregló la ropa en cuanto tuvo noción de que iba por la calle, no dejaba de preguntarse lo mismo: ¿Por qué es tan difícil encontrar un hombre que no piense primero en sexo, por qué?. Su vida empezaba a parecerse a su cabello, se volvía enredada, complicada, difícil de manejar.

Ella se resignó a caminar sola el resto de la vida, acompañada del único placer que no le resultaba culposo: Comer. Los enredos de la vida siempre son complicados y crueles. Desgraciadamente, nadie ha inventado un spray para desenredar nuestros sentimientos.

lunes, 21 de octubre de 2013

El amor en tiempos de Tuiter.

Las redes sociales y la modernidad han traído a nuestras vidas una serie de clichés y estereotipos que antes no podríamos imaginar. Uno de ellos dicta que "A mayor contenido de erotismo en el tuit, mayor es la cantidad de grasa albergada en las caderas y estómago de la mujer que lo redacta", este fenómeno de la red es llamado "Sextuitera". No defiendo ni descarto que así sea, ya que como antes mencioné, es un juicio superficial a partir de experiencias particulares, como la que les cuento a continuación.

Fernando era un tuitero como muchos: Aspiraba con firmeza tener miles de seguidores en dicha red social, tener una cuenta PRO en Favstar.Fm y crear tendencias y contenidos que despertaran la admiración de los que lo leyeran. Así también, como el 99% de los que aspiran esto, estaba batallando por llegar a poseer el millar de seguidores.

No todo era malo en su vida; muchas tuiteras a las que seguía llegaban a tener un dejo de coquetería con su personaje, este llegaba a ser mutuo pero no pasaba de ser una somera ilusión en la pantalla, mensajes que llegaban al punto de amenazar con un encuentro, un ligero desliz incluso, una experiencia de vida que pudiera hacerlo sonreír y presumir ante sus amigos, cazadores llenos de testosterona que premiaban socialmente la cantidad de presas femeninas que cada uno pudiera llevar a la cama.

Cierto día, una de ellas mostró algo más que disposición a un encuentro, con el claro objeto de llevar a cabo más que una cita normal de cine o café, la insinuación rayaba en algo íntimo. El ciclo normal de conquista en la redes sociales (Según expertos sociólogos alemanes, investigadores de la Universidad de Columbia y el último libro de Yordi Rosado) tiene diversas fases: Recomendación-Follow-Followback-Favorito-Retuit-Mención-DM-WhatsApp-Llamada telefónica-Encuentro-Decepción Primaria-Unfollow y Block. Esto se cumple en el 95% de los casos. El fenómeno de "Decepción Primaria" se basa en "El disgusto o desencanto de una o ambas partes en el momento de conocerse dadas las vagas descripciones y la falsedad en las características de cada uno"; es decir, el 1.80 centímetros de estatura comúnmente no se acompaña de los 120 kilogramos de peso, la tez morena varía y suele ser más prieta de lo esperado, la famosa complexión "No soy ni flaco ni gordo, regular" suele ser decepcionante a primera vista.

El ciclo de conquista surtió efecto para Fernando; la cita esperada se dio en una estación cercana al metro de su casa, más de una vez giró la cabeza e intentó un esbozo de sonrisa a guapas mujeres que pasaban a su lado, obteniendo la respuesta común en su persona: Lo ignoraban. Diez minutos después de lo acordado, una mano morena de dedos regordetes tomó su brazo con suavidad y escuchó su nombre tras una sonrisa enmarcada en unas mejillas abultadas, dignas de la envidia de Carlos Villagrán, "Quico", en pleno 1979.

Daniela, la chica a la que iba a ver, estaba lejos de ser ese par de senos firmes y morenos que él podía contemplar en las fotos que ella subía desde su cuenta, no rebasaba el metro con 60 centímetros y su indice de masa corporal tenía una intensa lucha entre los índices de sobrepeso y obesidad. "Hola, que gusto conocerte, eres tal como imaginé", atinó a decir ella mientras el cuerpo de Fernando sufría una escalofrío intenso y en su cabeza rebotaba una frase que le hacía perder la noción de la realidad: "Hija de su puta madre, está bien marrana la culera". Tomó aire por un momento, detrás de ese cuerpo moreno y delgado, había un mínimo gesto de caballerosidad, "Ni pedos, me la voy a tener que coger, ya tengo todo listo", se dijo mientras le daba un beso en la mejilla y sonreía con tal falsedad que Jorge Kahwagi le hubiera firmado tres peleas de campeonato mundial en peso "Crucero".

"Vamos a ver películas a mi casa, compramos algo y ahí podemos platicar a gusto", dijo Fernando ante la plena complacencia de Daniela, caminaron algunas cuadras hacia el departamento de Fernando. Compró algunas cosas con la plena intención de darle gusto a su reciente conquista: Palomitas con extra mantequilla, Chocolates, una bolsa grande de Sabritones y mucho refresco de Cola. Una cosa llevó a la otra, comúnmente, el alcohol sirve para tener sexo con mujeres atractivas, para el caso de las gordas, los Sabritones son su equivalente y estimulante. Después de media hora de ver una película cualquiera y platicar ligeramente, ella tomó la iniciativa y dio un beso apasionado a Fernando al tiempo de aplastar sus piernas con su robusta anatomía.

El hombre tiene un cuerpo caprichoso: El pene de Fernando se declaraba listo para entrar a la batalla, su nariz, ojos y mente no. "Le huele bien culero la boca, puta madr... ¡No mames!, tiene una pinche franja negra en el cuello, verg... ¿Esa celulitis es normal?, no chingues, no chingues, tiene bien sudada la entrepierna, verga, ya no me la quiero coger" esas frases pasaban en su mente a la velocidad de un metrobús en hora pico, Daniela demostraba con creces el dicho aquél que reza: "Sí quieres que se mueva, haga lo que quieras y se la pase grita y grita, la solución es una gordita". Se movía más que indocumentado queriendo subir a "La Bestia" a plena luz del día, gemía con una naturalidad excesiva, en verdad disfrutaba el roce de su cuerpo con el de su nuevo amigo. De nuevo, el capricho masculino, la eyaculación de Fernando tardó mucho en llegar, resultado del shock y la falta de un estímulo real en su mente, ella lo abrazó con tibieza al terminar el acto, el veía fijamente un hueco en el techo que empezaba a albergar humedad, imperaba el frío entre ambos; ella, como buena traductora de emociones acudió al baño, se vistió con decoro y dijo al bulto aquél que tenía menos vida que burócrata de Hacienda en vacaciones decembrinas: "Nos volveremos a ver, ¿cierto?".

Él sonrió, acertó con la cabeza al tiempo de susurrar "Claro, yo te mando un WhatsApp". Ella procedió a salir, el caballero dentro de Fernando ya no estaba disponible y ni siquiera la acompañó a la puerta, ella salió con la certeza de que nunca volvería a pisar dicho departamento y nuevamente su frágil y desierto corazón sucumbiría ante su ritmo de alimentación. Pasó mucho tiempo para que Fernando reaccionara, esto no era digno de presunción; ¿a quién podría contarle lo que había pasado sin que reaccionara con una sonora carcajada?, a veces hasta un buen cazador tiene que negar las balas que salen de su escopeta.

El amor en tiempos de Tuiter difícilmente puede llegar a ser sincero, y así será mientras sigamos aferrados a que una imagen virtual puede llegar a cubrir nuestra fría realidad.