Pimpirulo también está aquí

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jueves, 13 de febrero de 2014

Garbo. Capítulo 1.

El mundo confabula a veces para hacer vidas desdichadas. Sin embargo, aún en la basura pueden hallarse joyas.

Un día cualquiera de 1985, Ángel llegó a este mundo. Un parto complicado, su madre pasó 3 días en una unidad de IMSS con la fuente ya rota, sin embargo, para los doctores practicantes que estaban de guardia, aún podía esperar. Las camas de esos lugares son más valiosos que un litro de agua en el desierto de Chihuahua.

Nació con complicaciones respiratorias a causa de la prolongada labor de parto, esto degeneraría años después en un asma infantil que ayudó a reforzar sus traumas. Después de unos días, su madre y él partieron a una incipiente casa de madera sobre un piso de concreto gris al que tendría que llamar "hogar" en cuanto tuviera la capacidad del habla.

Ángel fue el primer nieto de su generación, el acaparador de los abrazos, de los mimos y las sonrisas ante cada uno de sus actos durante los únicos dos años que permaneció sin hermano. Después, la llegada de Alejandro eclipsó su lugar como la estrella del hogar. Alejandro nació con una deficiencia a nivel estomacal que hacía que su joven madre se fijara demasiado en él y fuera desplazando al pequeño Ángel, como aquél cachorro selvático que aunque tiene destinado ser el rey de la manada, va careciendo de atenciones para forjar su carácter de líder ante toda prueba.

Su posterior infancia fue un constante ir y venir de situaciones que forzaban y educaban a sus ojos a no llorar aunque el corazón estuviera más roto que un cristal al golpe de un marro. Los juguetes debían esperar, ya que el "menor" debía tener primero estas atenciones. La comida se hacía al gusto y necesidad del problema estomacal del pequeño Alejandro. Ángel contemplaba dichos privilegios mientras las heridas en su alma formaban callos que jamás podría disolver.

Ángel, a su tierna edad, empezaba a sentir la hiel más amarga que podía regalar la vida. No poseía la sonrisa de un niño, adoptó un gesto adusto, serio, como una pared a la cual golpeaban más fuerte cada vez; la rasgaban de a poco, pero aún no la harían caer.

No muy lejos de ahí, una niña vivía una situación radicalmente distinta: Ana Lucía tenía la dicha de ser la menor de 4 hijos, poseía una mirada enmarcada en pestañas grandes, sonrisa tímida y disponía de todos los caprichos que cualquier niña podía tener, dado el cierto desahogo económico de sus padres. Su alma, a diferencia de la de Ángel, se forjaba en un lago transparente como el cristal y calmo como una noche llena de estrellas.

Ángel y Ana Lucía no sabían todavía que algún día, sus vidas estarían marcadas por la desdicha de conocerse.

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