Pimpirulo también está aquí

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miércoles, 12 de marzo de 2014

Garbo. Capítulo 2.

Pasaron 6 difíciles años en la vida de Ángel, una cárcel invisible enmarcaba su precoz vida. Había llegado el tiempo de ir a la escuela primaria. Su adaptación fue difícil: No cursó la educación preescolar, carecía de amigos y, peor aún, capacidad para hacerlos. Era un mundo totalmente nuevo, ajeno a sus tardes entre tierra y trozos de madera, juguetes de segunda mano, soledad y un viento que le rozaba el rostro, que era cada vez más amargo.

Empezó a discernir entre el bien y el mal: Estaban los niños abusones, aquellos que tenían la diaria misión de perturbar a los más débiles, a los que no se defendían; los niños que lo tenían todo, con sus sonrisas eternas y sus muchas presunciones de plástico; otros que, como él, estaban en un limbo, no buscaban nada, pero también debían merecerlo todo; finalmente, las niñas. Esa mezcla de largas coletas, manos suaves y blancas calcetas, aquellas que se quejaban de todo y lo veían con cierto desdén mezclado con una pizca de lástima. Todas y todos eran despreciables para Ángel, excepto la niña de los ojos grandes, la única que parecía verlo con temor: Ana Lucía. Solamente ella parecía representar el bien en ese mundo lleno de basura.

Prefería no jugar con los demás niños en el recreo, era muy rara la vez que ellos lo invitaban: su carácter era demasiado volátil y siempre terminaba por querer golpear a uno de ellos. Los recreos de Ángel eran largos paseos solitarios por los alrededores de una escuela rural de pocos salones, baños sucios e ineficientes y árboles en gran cantidad llenando de hojas secas su camino. El hambre era el menor de los males, desayunaba al salir de su casa y se fue acostumbrando a pasar largas horas sin probar alimento, el gasto diario era una falacia para él, optaba por ir con la mente en blanco, caminando sin rumbo, solo, en silencio. 

Pasaron muchos recreos, Ana Lucía, con esos grandes ojos parecían sentir una melancolía anticipada, se sentaba a observar los largos paseos de Ángel. Ella se sabía querida, rodeada de lo necesario, era popular y sonreía siempre que era necesario, sin embargo, había un alfiler delgado taladrando su infantil corazón: ¿Por qué el niño retraído, el que no tenía amigos y que siempre quería estar solo, parecía detenerse un instante cuando pasaba a su lado y agachaba la mirada con tristeza?. Peor aún, ¿Por qué a ella parecía importarle lo que le pasaba a Ángel?. En ambos, había ya una pequeña semilla que tendría que crecer fertilizada por celos, dolor, lágrimas y una obsesión disfrazada de amor incondicional.

No pasaron muchos días cuando Ana Lucía decidió caminar al lado de Ángel y tratar de hablar con él. Cuando uno es niño, las barreras sociales suelen ser de cartón. Caminó despacio, a tal grado que él apenas sintió su presencia. ""Hola, ¿puedo acompañarte?", dijo ella con esa sonrisa infalible salida de su boca, solo opacada por una incipiente muda de dientes, propia de la edad. Ángel se detuvo, era ella, la flor entre la basura, a la que ya nada parecía negarle. Su sonrisa, o el parco intento de una, fue el "Sí" que Ana Lucía esperaba. Lo tomó del brazo y aquellas hojas que siempre oscurecían su camino, en ese momento, se volvieron un suave camino amarillento que parecía tener rumbo a una estación llena de felicidad.

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