El ser humano está condenado a una serie de pérdidas irremediables en el desarrollo de su ciclo fisiológico: La elasticidad de su piel, la virginidad, la capacidad de morderte las uñas de los pies, los tazos de Sabritas que tanto puto dinero nos hicieron gastar, las caricias de los tíos abusadores y la sorprendente capacidad de tu mamá para encontrar en dónde la estás cagando en todo momento. Casi todo es superable, excepto la partida de un ser querido. O idolatrado.
El 2012 estuvo marcado por todas esas cosas que decían los Mayas sobre el fin, personalmente busqué una opción segura y de toda mi confianza que me dijera si esto era verdad, pero Walter Mercado y sus asesores místicos con cargo a mi recibo Telmex me tranquilizaron, era pura mamada, o parecía hasta ese trágico domingo.
Desperté como cada domingo con la ilusión de que el señor Aguilera me tomara la llamada y poder ser un amiguito de provincia, sin éxito al igual que en los 25 años anteriores. Procedí a desayunar, mi madre se luce los domingos con ese panqué con pasas que misteriosamente sabe a manufactura de Bimbo y mis pizzas precongeladas Fud que me dan energía y una sonrisa en esos soleados días. Todo cambió en un segundo doloroso que encendí la televisión; había algo doloroso, inquietante, que me hizo comerme las uñas en minutos (sólo después que terminé de desayunar porque mi mamá se encabrona que coma algo antes de las comidas) y horrorizó todo mi ser: Ella, la Diva, la compañera inseparable de todas mis decepciones, se había extraviado con todo y su avioneta particular. No lo concebía de inicio, dos cosas tan grandes en tamaño y peso no desaparecen porque sí de un momento a otro, pensé lo peor, se me vinieron a la mente tantas canciones de Espinoza Paz que ella pudo haber interpretado y que jamás podría escuchar, sus conciertos clausurados, los videos porno con fans de ocasión que ya no filmaría, todo lo que no podía ser ya.
Tenía la vista perdida, me temblaban las piernas, sería un largo domingo esperando que la encontraran bien, con vida; venían a mí mente probables soluciones: Que el avión hubiera aterrizado en una zona inhóspita llena de cerdos salvajes que la proclamaban como su mesías femenina esperada por muchas generaciones, que en verdad todo fuera una broma de pésimo gusto mientras anunciaban una nueva temporada de algún reality para perder peso, ¡ALGO!
El "teacher" López-Dóriga terminó mis pocas ilusiones: Lo confirmó en cadena nacional, rompí en llanto en ese momento, sacando ese grito que llevaba ahogado desde la mañana, ese grito que antecedía un hueco en mi corazón, en el medio artístico, las rockolas de las cantinas de pueblo y los puestos de discos piratas. Jenny, nuestra más grande exponente de la música para gordas dolidas, feas abandonadas, insatisfechas sexuales, pasivas de clóset temerosas de confesarle la verdad a sus padres y promotoras del orgullo femenino desde nuestras trincheras, cocinas o lavaderos, partía a otra vida, a sonorizar otros mundos, a llevar su alegría y contagiar su optimismo a otros públicos, sólo nos quedaban sus canciones, sus participaciones en "La Voz México" y su luz en todas aquellas mujeres y jotitos que lloraron con sus interpretaciones. No trabajé al día siguiente, mi cuerpo intentaba moverse, era mi alma la que estaba en otro lugar, no había mucho qué hacer sin ella y su ejemplo.
Al final, después de haber pagado $1,800.00 en mi recibo Telmex a los psíquicos de Walter y a mis falsas esperanzas de que todo era una mentira, los mayas no se equivocaron excepto por unos días, mi mundo, sin Jenni, se terminó el 9.
Jajaja te mamaste pimpi, ¡te amo! ven bandido deja te doy un beso negro.
ResponderEliminar