Pimpirulo también está aquí

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viernes, 14 de diciembre de 2012

Bárbara.

Normalmente la venta de los esquites me produce un sopor irremediable que hace que no tenga vida social por las noches y pueda sostener con un poco de decoro una cuenta tuitera. Pero toda situación tiene una excepción: una noche, mientras veía la telenovela con mi adorado Fernando Colunga pensé que tenía que salir al mundo, observar algo más que su sonrisa que ilumina mi cuarto de Infonavit todas las noches entre semana.

Me vestí dispuesto a salir tremendamente guapo, no fue difícil: Saqué lo mejor de mi repertorio, el gel Moco de Gorila, el pantalón nuevo que me compró mi mamá hace un año en la feria del pueblo, una camisa divina que conseguí en Milano y unas botas imitación avestruz que tenía guardadas. Me vi al espejo, hubiera podido comerme a besos en ese momento a pesar de mi obesidad y el barro culero que tenía en la nariz. Las combis, extrañamente, estaban algo vacías, me planté en la parada de la ruta que me llevaría al centro de la capital con mis $5 pesos en la mano, cómo aquél que lleva en la mano la llave de su felicidad.

El viaje se hizo muy rápido en mi percepción del tiempo y el espacio, esto a raíz de que mi cerebro insistía en buscar un argumento válido para la separación de Niurka y Bobby Larios y por más que busqué una razón, no pude entender por qué la vida es así a veces. "En la parada, por favor" atiné a decir cuando noté que ya estaba una cuadra adelante de mi objetivo, el chofer, para variar no escuchó por los altos decibeles de su estéreo Sony Xplod con un disco pirata en MP3 de éxitos de los Kumbia Kings y me bajó donde quiso  Empecé a vagar sin rumbo fijo, parecía que algo etéreo, más allá de lo físico, me indicaba un camino virtual con la promesa de encontrar un tesoro carnal anhelado toda mi vida. Tras mucho avanzar, llegué a un Oxxo, me detuve asombrado y observé sobre el cristal: las dos cajas funcionaban, los cajeros tenían una sonrisa angelical, no se percibía la pobreza en sus rostros, ni siquiera insistían en el redondeo; en ese momento me di cuenta que algo muy especial estaba por suceder.

Mi capacidad de asombro estaba bastante alterada ya, después de un par de cuadras más, llegué al éxtasis de emociones de esa noche inolvidable: a pocos metros, recargada en una pared que simulaba fundirse con su vestido miniatura, ella. Piernas largas, torneadas, unos senos que reflejaban firmeza a kilómetros, cabellera rubia, casi dorada, unos labios que invitaban a besar al tiempo que exhalaban el humo de un cigarrillo. Me acerqué cual burócrata ante una feria de crédito en Elektra, fascinado, con una sonrisa que no ocultaba mi deseo por abordarla, seducirla, incluso sacarla de trabajar. La vida me hacía justicia, mi corazón volvía a latir después de la decepción con la Mary, que me dejó por un vendedor de Bimbo porque le regalaba los panes a punto de caducar y la hacía feliz llevándola a pasear con el camión de la empresa, sensación que nunca se igualaría a las vueltas que daba en mi triciclo marca Hércules  Llegué a su lado, me vio con esos ojos claros que simulaban un oasis en pleno desierto de Chihuahua, me regaló una sonrisa y me dijo con una voz que en ese momento no me pareció tan grave: ¿A dónde guapo? ¿Nos quitamos el frío? ¿Te gustaría darme por detrás?

Sonreí como idiota, le contesté con las mejores frases para ligar: ¿Cuánto? ¿Tienes condones? ¿Incluye oral? a lo que ella sólo contestó de forma positiva. Me dí cuenta de que era todo un Dandy chiapaneco; la tomé de la mano y caminamos a un hotel cercano, barato pero con tres canales porno en una tele de 14" y cama matrimonial. Llegué y empecé con un trabajo titánico: Hurgar en mi cartera para completar los $300.00 pesos que me cobró al entrar al cuarto, no contaba con el pago del hotel y tenía que guardar para el taxi de regreso. La fortuna estaba conmigo y encontré dinero en mi cartera imitación Mont Blanc, cuya existencia no recordaba (tardé en darme cuenta que era el pago del Infonavit que me había mandado a hacer mi mamá, pero en fin) Le pagué, sonrió y me desvestí, con los mismos nervios de la primera vez. Raramente no se quitaba la falda, pero cuando la atracción es demasiada, uno no se fija en pequeñeces. Comenzó por hacerme un sexo oral sólo comparable con las delicias de una taquería afuera del antro a las 4:00 de la mañana, acariciaba sus cabellos con la delicadeza propia del cazador que consiente a su victima antes del sacrificio. Su descomunal trabajo me provocó un grito: "YA PÁRALE QUE SI NO, ME VOY A VENIR Y NO TE LA VOY A METER" Se apartó de mi con delicadeza, apagó la luz y me susurró al oído: "Tú dedícate a  disfrutarlo" y me recostó en la cama en aquella burda oscuridad. Sentí claramente cuando tomó mi órgano sexual y lo introdujo a su cavidad trasera, previa lubricación con aceite de bebé, como marcan los cánones; comencé a caer en ese abismo de sensaciones (¡SI APRETABA WEYS!) con la satisfacción que sólo da el placer sexual.

Todo marchaba perfecto cuando la debacle vino a mí: Claramente pude sentir un pequeño saco escrotal rozar una de mis piernas, la sensación fue tan grande y desconcertante, casi como cuando supe que Lucero y Mijares tenían problemas maritales; me aparté con un rictus de miedo, susto, dolor, todo al mismo tiempo. Me vio y dijo: ¿Pues que esperabas? ¿O has visto alguna fodonga con un cuerpo como el mío? al tiempo de soltar una carcajada. Eran tantos sentimientos y palabras apedreando mi cabeza. Tomé mi ropa, me cambié como pude, sin decir palabra alguna, se retocó los labios y se veía en un diminuto espejo de bolsillo, mi más grande temor en ese momento, que la banda se enterara de mi faena. Salí azotando la puerta, sentía que los empleados del hotel murmuraban y reían a mis espaldas, tomé un taxi al salir, sin contestar aquella pregunta retórica que emitió el conductor pasadas unas cuantas cuadras: ¿Usted cómo ve, jefe? ¿Cree que el Peje ya no se va a lanzar en 6 años?

Llegué a mi barrio, entré a mi casa con el orgullo por los suelos, ni siquiera acepté el café con galletas de animalitos que mi mamá dispuso a darme, con el amor de madre que siempre me demuestra. Quería desconectarme de mi realidad. Bárbara, Bárbara, no era más que una falacia de las hormonas, una falsa ilusión que cargaría el resto de mi vida. La moraleja: Fernando Colunga y sus telenovelas, pueden ser la respuesta a muchos de nuestros errores nocturnos.

13 comentarios:

  1. Jajajá, quedé asombrado con tu relato.
    Me gustaría saber más de ti, ojalá podamos compartir unas historias juntos.
    Tenemos tanto en común, ambos amamos a Fernando Colunga y él es la respuesta a todo.
    Besos.
    A T T E.
    Bárbara.

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  2. Pimpi que buen relato! un poco emo, guarro, inocente y aleccionador. Ya le deje mi voto.

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  3. JAJAJAJAJA Te mamaste pimpi att. Dante

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  4. Te amo Pimpi.. Con el relato me sacaste 2 lagrimones.. Me paro de pie.. Te amo Pimpi mi bebecito recién nacido

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  5. Eres mi idolo cabron saludos desde monterrey y dame follow no seas culero @fer_coco

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  6. No te preocupes pimpi, esas cosas pasan a menudo... Ve como termino Ricky Martín, también le pasan a salcido, tu no te fijes. Y q viva Fer Colunga. BSS

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  7. Te comiste un pu(n)to por ahí.
    Espero la siguiente entrega.
    :*

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  8. Te extraño.

    Att.
    Bárbara.

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